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¿Por qué las publicidades con jugadores de la selección resultan tan tristes? Introducción a un Mundial sin épica

La publicidad de los panificados Fargo donde Mascherano levanta un sándwich como si fuera la copa del mundo me produce una tristeza irremediable. Algo parecido sucede cuando lo vemos a Messi hablando dos palabras en una publicidad de la empresa de medicina prepaga Galeno, como si hubiera cobrado por cada letra pronunciada, o cuando con expresión recia muestra zapatos Storkman mientras posa en blanco y negro. Incluso cuando el crack intenta sonreír en un paquete de papas Pepsico algo me parece falso. Cada vez que en las piezas comunicativas aparecen jugadores del seleccionado me pasa lo mismo. ¿Por qué?

Creo que en alguna medida esto ocurre porque esta camada de jugadores, comandada por Messi, con un equipo hecho a imagen y semejanza de sus deseos, supo destruir cualquier atisbo de épica en base a sus derrotas en finales. Y como la selección, la camiseta, los colores, aún conservan la mística histórica, la aparición de los jugadores solos, de civil, muestra su falta de compromiso y su endeblez espiritual al desnudo.

Argentina no es favorita. Lo que con Alemania fue una eventualidad, en sus repeticiones nada menos que contra Chile se convirtió en un karma. Pero hubo algo más que resultados adversos y penales fallados. Como diría el Dr. Facundo Manes, hubo una carencia absoluta de respuestas emocionales por parte de los jugadores. A Messi, que es el mejor jugador del mundo, le cuesta manejar escenarios adversos, padece la presión y en lugar de absorberla la proyecta a sus compañeros, que nunca pueden estar a la altura. Siempre elige un comportamiento faccioso ante el técnico y las autoridades. Quizás pedirle a un jugador de su talento que además tenga cierta ductilidad política sea demasiado. Quizás compararlo eternamente con Maradona sea una injusticia.

A esto se le suma el hecho de que los jugadores, como buenas estrellas pop, quizás de las últimas estrellas pop que existen luego de la implosión de la industria cultural en Google, cumplen un doble rol. Son aspiracionales por un lado -forman parte de la elite global pero llegaron a integrarla por su propio talento y no por vínculos familiares ni especulación- y sacrificial por otro -proyectamos en ellos todo aquello que nos molesta de nosotros mismos o de nuestro entorno: frivolidad, mercantilismo, hipocresía-. Sin embargo ese doble rol, que exige un balance entre la aspiracionalidad y el sacrificio, está quebrado, porque su cemento es justamente la épica.

La épica es la cristalización colectiva de un deseo de romper las reglas de la historia. Tiene un costado fatal, porque parte de un cálculo que nunca cierra. Se puede ser campeón sin épica, y creo que la Alemania de 2014 en Brasil, a diferencia de la España de 2010 en Sudáfrica, no tuvo épica. Pero para que un equipo pueda convocar el sentimiento colectivo -y la publicidad forma parte de este sentimiento al mismo tiempo que lo cristaliza- debe tenerla. Quizás por eso las publicidades con jugadores de esta selección me entristecen tanto.

Los jugadores de esta selección no solo perdieron todas las finales que jugaron, sino que fueron incapaces de desarrollar una gestualidad épica que los trascienda. Una derrota puede ser épica, y quizás la épica sea lo único capaz de sobrevivir a una derrota. Creo que en la época de las redes sociales y la hipercomunicación esto hubiera sido bastante fácil. Por ejemplo, podrían haberse negado a jugar contra Israel, pero con algún tipo de discurso. O podrían haber decidido jugar aquel partido pero con un mensaje claro. Por ejemplo, podrían negarse a hacer publicidades que los dejaran en ridículo, como la del sándwich y la copa, que me remite a una publicidad en la cual Juan Sebastián Verón aparecía corriendo unas papas fritas (Pepsico) con las nalgas al aire, y funcionó como anticipo del fracaso de 2002 y de su penosa actitud frente a Inglaterra.

La aparición de los jugadores en las publicidades de cabotaje, armadas entre gallos y medianoche, de las cuales la de Mascherano con el sándwich de pan lactal -lo que comemos cuando no hay nada, cuando no queda nada y la heladera es un edificio abandonado- es el arquetipo, produce una tristeza profunda porque no sólo destruye la mística sacrificial de los jugadores-estrella -no lo hacen por la selección, sino por el billete- sino también porque caricaturiza su costado aspiracional -¡son capaces de hacer cualquier cosa por el billete!-

Todavía no empezó el mundial así que vamos ganando

Pero hay, sin embargo, algo más. La selección también carece de épica porque en la construcción social de la figura del dueño de esta selección parece primar la máxima que dice que “el país no está a su altura”. En especial ese parece ser el mensaje de los devotos de Messi, los ultras. Cada hazaña del crack en el Barcelona es presentada como una prueba más de que el país tiene todo para ganar, que tiene la mejor materia prima, pero que su destino es un masoquista ejercicio de autosabotaje.

Messi padece al país. Muchas veces, y aunque no se dice, esta estructura de pensamiento ultra lleva directamente y sin mediaciones a la identificación entre la dirigencia deportiva e incluso el resto de la selección con el peronismo. Los dirigentes no están a la altura del mejor del mundo. El peronismo no está a ala altura de nuestras commodities. Ni siquiera los hinchas que se enojan porque el mayor logro de Messi con la selección fue un oro en los Juegos Olímpicos están a su altura. No lo merecemos. Messi es un Dios que no precisa dar nada justamente porque es demasiado argentino -habla como un pibe de Rosario aunque está desde los diez años en Cataluña- y eso lo hace demasiado humano.

(Cualquiera puede rastrear los trazos de este discurso en las declaraciones de Javier Mascherano, o basta con hojear su libro de management personal. Argentina es un mal lugar. No se puede vivir en paz, como sí se puede por ejemplo en China, país donde Mascherano descolla en la actualidad. Sin embargo, como un héroe griego, y aunque nadie excepto su amigo Messi se lo pida, y aunque su condición física quizás no sea apta para la alta competencia, Mascherano volverá a sacrificarse por nosotros. Hoy te convertís en héroe.)

Este discurso, hasta antes del triunfo de Cambiemos, construía un horizonte de redención posible para el país, pero offshore. Argentina podía volver a ser potencia. Podíamos darle lo mejor que tenemos al mundo. Lo único que había que hacer era rodearlo bien, como le pasaba a Messi con el Barcelona. Cada fracaso de la selección era la confirmación del fracaso de cómo se venían haciendo las cosas en el país. Nadie sabe qué hubiera pasado si Palacio definía por abajo o si Higuaín al menos definía, pero lo cierto es que el mejor equipo de los últimos cincuenta años venía a prometer orden y modernidad, aprovechamiento de los recursos e infraestructura, inversiones y alegría. Durán Barba lo dijo: un equipo de Messis. Pero la pregunta sería: ¿un equipo de Messis -mantengamos la puerilidad por un segundo- podría ganar un mundial?  

Bauza, el anterior DT, era el complemento ideal para esta hipótesis. Todos lo pedíamos: un técnico en la escuela de Sabella pero más riguroso con los jugadores, un estratega eficientista. Duró poco. Sus malos planteos se lo comieron, no pudo con la camarilla de Messi y eso más la venganza del peronismo en la piel de Chiqui Tapia terminaron con su ciclo. En su lugar apareció Sampaoli, un kirchnerista tardío que también hizo “buena campaña afuera” (Chile). Una suerte de retorno de lo real. Sampaoli, el octavo pasajero.

En paralelo -y en un notable ejercicio de autofagia- el equipo de Messis Cambiemitas también se comió todo lo que había logrado. Se comió a sí mismo, se comieron entre sí, se comieron las expectativas sociales. Los capitales financieros los rodearon mal, las inversiones se lesionaron. En este plano los Chiquis Tapias sindicales hicieron la segunda por un buen tiempo, pero ni así ocurrió el milagro económico del derrame. Para colmo la tasa de los Estados Unidos los dejó en offside. Aunque si continuamos con la comparación política, hay una diferencia: todavía nadie pudo sacar al Patón Bauza. ¿Llegará la hora de Tinelli o lo despedirá el clamor popular? Los medios lo vacunan: muestran lo malo para preservar lo esencial.  

Así estamos. Un equipo sin épica, un gobierno sin programa. El mundial, como el FMI, es bueno pero pide sangre, sudor y lágrimas. Ojalá la selección deshaga lo que viene haciendo y genere una épica en Rusia. Sería hermoso ganar el mundial ahí, y no lo descarto. No pido sólo la copa: pido una épica, pido sacrificio y aspiracionalidad. Y sí, tengo cierta ilusión. Al menos considero más probable que esto ocurra al hecho de que el gobierno encuentre el rumbo económico; a fin de cuentas el gradualismo es todo lo contrario a la épica y el ajuste sólo puede conseguirla desde el sadismo (y ese es el ingrediente X de la vacuna de los medios). Como cualquier actividad colectiva, el deporte siempre otorga algo más que la sumatoria de sus partes. Claro que esto es algo a lo que el catecismo político del gobierno jamás suscribiría.

 

Por Hernán Vanoli. Escritor. Sus últimos libros son Pyongyang (Random House, 2017) y Los Dueños del Futuro (Planeta, 2017). En sus ratos libres embalsama animales. @Volquetero

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