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¿Quién dijo que no existen? Brujas de ayer y hoy

Quien haya consultado alguna vez a una bruja, sabe que su imagen dista mucho de la tradicional figura de la mujer montada sobre una escoba. Las brujas tiran las cartas, leen las manos, adivinan el pasado, el presente y el futuro, deshacen “trabajos”, queman hierbas y aconsejan contra los males de ojo y los males de amor, entre otros servicios y facultades que se recomiendan de boca en boca, en las redes sociales, en los avisos clasificados de algunos diarios, en plazas y en volantes pegados en las paredes o repartidos por la vía pública.

El aprendizaje del oficio puede tener diversas fuentes, aunque predominan las brujas de segunda y tercera generación, que se formaron a la sombra de una madre, tía o abuela que a su vez aprendió de otra antepasada. Suelen exhibir un sincretismo que abarca desde el tarot hasta la antigua creencia Wicca, desde el zodíaco hasta las tradiciones egipcias, el umbanda, la mitología maya y sabidurías de origen americano y centroeuropeo. No existe algo así como un corpus definido de creencias, más bien al contrario: cada bruja es una síntesis única de saberes y procedimientos.

Se recurre a ellas por desesperación, curiosidad, costumbre o aburrimiento. Por fuera de las iglesias y los santos populares, son -dentro de la cultura rioplatense- el nexo más inmediato con el ocultismo y el más allá, tal como parece advertir C.E. Feiling en su notable novela de terror El mal menor. ¿Qué otras características tienen nuestras brujas autóctonas?

 

Volar en escoba

No hay nada que distinga a las brujas en su aspecto exterior. Las hay jóvenes, viejas, de mediana edad. De clase media, alta y baja. Algunas se visten de manera más bien estrafalaria, pero son minoría. Suelen pasar desapercibidas. Son, en general, mujeres. No se parecen en nada a la imagen de la bruja que nos dejó la iconografía tradicional. En su Historia general de las drogas, el filósofo español Antonio Escohotado hace referencia al origen del mito de la escoba. Parece ser que la condena social hacia las brujas en la Edad Media estuvo vinculada al consumo que algunas mujeres hacían de determinadas hierbas y hongos.

Según algunas fuentes, esto se debía a sus efectos alucinógenos. De acuerdo con otras, se trataba de remedios y ungüentos caseros para aliviar los dolores producidos por la menstruación. Ya fuera porque su consumo por vía oral provocaba malestar estomacal, o para acelerar el efecto psicodélico o sanador, algunas mujeres tomaron la costumbre de untar estramonio, belladona, mandrágora y otros preparados en un palo de escoba, que aplicaban directamente sobre sus vaginas. La sensación de “volar” era, según esta hipótesis, un efecto a veces colateral y otras veces buscado.

 

Magia negra y magia blanca

Por su propia naturaleza, el oficio escapa a cualquier intento de institucionalización. No existe algo así como el “carnet de bruja”. Sin embargo, es posible establecer algunas diferencias entre ellas. La línea de demarcación más inmediata, que varía de acuerdo con quien la trace, es aquella que distingue entre “magia negra” y “magia blanca”. En una primera aproximación, es difícil que una bruja acepte que se dedica a otra cosa que no sea la magia blanca. Si lo hace, habrá que desconfiar de la solidez de sus conocimientos, así como también de la nobleza de sus intenciones.

De acuerdo con una definición más o menos frecuente, la magia blanca trae resultados positivos: sanaciones, curas, prosperidad, bienes materiales. Las brujas que se dedican a ella “protegen” a sus clientes de maleficios (también llamados “trabajos”). La magia blanca supone a la magia negra, así como la luz supone a la oscuridad. Practicar la magia negra implica realizar hechizos que tienen un efecto sobre terceras personas. Producen desgracias, enfermedades y cualquier otro tipo de daño. Se usan para vengarse de un enemigo, arruinar a la competencia, pero también para generar lazos afectivos de manera compulsiva. Los tradicionales avisos clasificados que prometen restablecer vínculos o formar parejas, por ejemplo, suelen funcionar como una señal de que quien publicita el servicio está ejerciendo la magia negra.

Una bruja de categoría, o al menos con cierto amor propio, no se rebaja a ninguna de estas estrategias comerciales. Esto no significa que, una vez alcanzado cierto nivel de confianza con el cliente, a cambio de una retribución posiblemente más alta que la que se exige a cambio de los servicios habituales de magia blanca, cualquier bruja no se encuentre dispuesta a realizar determinados trabajos de magia negra. Como en otros ámbitos, la ética varía de acuerdo con los individuos, pero también depende de la insistencia de los financistas.

 

Realidad, ficción y sugestión

Aunque a veces lo parezcan, las brujas no actúan como lobos solitarios. Igual que cualquier trabajador, ellas también tienen un gremio que las respalda. La diferencia, quizás, es que uno nunca termina de saber hasta qué punto esto es real o un producto de su imaginación. No hay manera de conocer, tampoco, cuáles son las calificaciones de la bruja que nos tocó en suerte, más allá de las referencias que podamos haber recibido de ella por parte de otros clientes. Su jerarquía se mide de acuerdo con el poder que tenga para realizar hechizos o protecciones, así como también por el alcance de su clarividencia. Dada la enorme importancia que cumple la sugestión en las consultas, la modestia no es una de las características más habituales en las brujas.

Todas ellas se ufanan, en alguna medida, de la efectividad de sus poderes extrasensoriales. Y aunque suelen no revelar los nombres de sus clientes, es posible que mencionen casos del pasado, o que cuenten anécdotas sobre logros imposibles de comprobar, que funcionan como los diplomas enmarcados y colgados en la pared de cualquier consultorio médico. Toda bruja es narcisista. Pero si es, además, inteligente -y cualquier bruja exitosa lo es-, en algún momento reconocerá alguna limitación.

 

El sindicato invisible

La brujería en nuestros días se organiza, entonces, siguiendo el modelo de las profesiones liberales. Así como los abogados se especializan en las diferentes ramas del derecho, entre las brujas también existen prácticas y especialidades particulares. Algunas prefieren las cartas y entre ellas mismas subsisten las divisiones de acuerdo con la baraja utilizada. Otras recurren a los péndulos, o al incienso, las hierbas, la imposición de manos, las pociones o cualquier otro tipo de elemento que les permita realizar su magia. No faltan aquellas que insisten en que la herramienta, intercambiable por cualquier otra, es utilizada tan sólo un medio para cumplir con un propósito determinado.

Las brujas hablan como si conocieran a todas, o al menos a las más importantes representantes de su oficio. Y para darse un aire de profesionalismo, reconocen en las otras algunas áreas especialización. Durante algunos años, por ejemplo, se habló de que una bruja muy poderosa protegía a un político muy encumbrado. Dicha bruja, cuya identidad no era revelada por sus colegas, era reconocida de manera casi unánime como la mejor en su especialidad. Luego el político bajo su tutela fue acusado de corrupción y cayó en desgracia para la opinión pública. Es de suponer que la bruja sufrió una pérdida de poderes, o que quizás fue superada por alguna otra que realizó un trabajo en su contra.

El hecho es que, mientras duró su reinado, la bruja recibía interconsultas de sus colegas, a quienes aconsejaba o ayudaba con clientes que manifestaban problemas similares a los del suyo. El procedimiento parece ser habitual. Si bien es raro que una bruja se declare incapaz de afrontar un problema, no es poco frecuente que recurra a la ayuda de sus colegas para casos particulares.

Todo esto puede sonar muy poco serio. Pero las brujas operan en la confusión, ahí donde la racionalidad ya no ofrece respuestas. Sería un error, por lo tanto, exigirles demostraciones empíricas de la efectividad de su trabajo. Estafadoras, honestas, hábiles en la retórica o en la práctica. El alcance de sus poderes se mide por nuestra voluntad de creerles. Todos estuvimos alguna vez en una situación que nos pareció asfixiante, de la que sólo se podía salir “por arriba”. ¿Y quién no le viene bien, de vez en cuando, la ayuda de una bruja?

Ilustración: Emiliano Ciarlante

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Sebastián Robles

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