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“La educación argentina está paralizada y privatizada” – Mini entrevista a Mariano Narodowski

Mariano Narodowski es un especialista en Educación reconocido en el mundo y no le tiene miedo al fuego. Comunista en su juventud, asesor de CTERA y luego del Frente Grande en los ‘90, ministro de Educación de Macri en la Ciudad de Buenos Aires, de donde se fue en medio de un escándalo, ahora se dedica a enseñar en la Universidad Torcuato Di Tella y a pensar el futuro impredecible en Pansophia. Su último libro es El colapso de la educación.

 

¿Por qué la educación está “colapsada”?

La educación argentina está paralizada y privatizada. Las reglas para la organización de las escuelas son de 1958 y, en el caso de la escuela media, las reglas de su funcionamiento son de los años 20 del siglo XX. La escuela pública se va convirtiendo en un espacio empobrecido para los pobres mientras los sectores medios bajos, medios y altos creen que se salvan mandando a sus hijos a la escuela privada. No hay un sólo indicador de inclusión o calidad que salga del estancamiento desde hace décadas y el sistema educativo está cada vez más segregado en términos sociales y culturales.

El tema sobre el que machaco en soledad es que a los sectores dirigentes en su conjunto (políticos pero también empresarios, la CGT, los medios, los intelectuales, etc.)  esto no parece interesarles demasiado, sea por desidia o incapacidad o porque este modelo educativo ajusta con el modelo de desarrollo socio-económico vigente desde hace mucho tiempo: si la economía argentina va a seguir dependiendo del complejo tecnológico agropecuario y de la renta financiera, el modelo educativo vigente ajusta bastante bien. Tiene algunas dificultades para reclutar ingenieros o técnicos en algunas áreas pero eso no hace mella en el núcleo de nuestro capitalismo. Una espiral de declive que a nadie parece importarle.

 

¿A qué te referís con que vivimos en “un mundo sin adultos”?

La idea de mi libro Un mundo sin adultos es que en épocas de cambios brutales en las relaciones sociales y en las tecnologías, aquellos que tienen más experiencia acumulada no necesariamente son los que más saben. Nuestra cultura, por lo tanto, ya no venera a las tradiciones, a los ancianos o a los adultos sino a “lo nuevo” porque van a ser los niños y los jóvenes quienes tengan mayor destreza para resolver los nuevos desafíos. Esto hace que ser viejo, ser adulto, sea señal de posible obsolescencia: la antigüedad parece más una marca de experiencia descartable que de capacidad para decidir. Esto se ve con claridad en la política: la legitimación por lo nuevo o por lo joven no se discute, al punto que una legisladora puede justificar su voto “porque me convenció mi nieta de 12 años” con total naturalidad.

Nadie quiere parecer viejo y el sacrificio adulto ya no tiene buena prensa: vivimos en una cultura narcisista de realización inmediata y las fronteras entre edades están muy difusas: un adolescente de 16 años puede votar un presidente pero tiene que llevar la notita de papá o mamá para que lo dejen salir de la escuela.

Esto produce un desacople fenomenal en el mundo escolar porque la escuela funcionaba en base a combustible adulto: un docente que ocupaba el lugar monopólico del saber y las escuelas  eran prácticamente el único ámbito donde aprender conocimiento socialmente legitimado.

Muchos conflictos en las escuelas (que se dan en todo el mundo) tienen más que ver con ese desacople que con cuestiones de políticas públicas: la violencia, el aburrimiento, el bullying, la desvalorización de los educadores y los ataque contra ellos son efectos de una sociedad en la que los saberes no solo están fuera de la escuela sino que creemos encontrarlos en estado “puro” en la red, sin necesidad de mediación escolar. Ser docente hoy es una tarea mucho más difícil que hace cincuenta años.

Esta nueva cultura prefigurativa también abre enormes posibilidades si somos capaces de comprenderla sin nostalgias pero sin apegarnos a consignas marketineras.

 

Tu visión de la educación argentina es bastante sombría. ¿Te animás a dos horizontes posibles de la educación argentina, uno pesimista y otro optimista?

¿Sombría porque es escéptica? Puede ser…

El ideal pansófico de la modernidad, o sea, la idea de que el saber humano es para todos los seres humanos, no ha podido ser lograda por los sistemas escolares salvo en países con poca población y con un grado de desarrollo importante como los países nórdicos, Canadá, Nueva Zelanda y pocos más. Ahora que la vieja tecnología escolar está en vías de extinción, los pansophianos planteamos que la pansophia no es negociable: no nos fascinamos con lo digital o con la inteligencia artificial sino que creemos que las nuevas tecnologías no deben hacernos olvidar de que el saber humano es para todes. No para volver al siglo XVII, pero sí para filtrar lo nuevo por medio criterios valiosos

En la Argentina estamos muy lejos de que los sistemas escolares alcancen el ideal pansófico y el escenario más pesimista ya comenzó a ocurrir: escuelas públicas educacionalmente muy empobrecidas que funcionan para control biopolítico (o para “cuidado”, en el mejor de los casos) de los sectores sociales excluidos mientras que que sectores minoritarios flexibilizan lo escolar y construyen escenarios innovadores.

El mejor escenario argentino (o de cualquier país no desarrollado) es el empoderamiento de los educadores para que ellos vayan construyendo con escuelas y más allá de las escuelas, espacios de ampliación pansophiana, usando las nuevas tecnologías pero manteniendo ideales de autonomía personal y colectiva

Las condiciones sociales y políticas para este cambio parecen lejanas pero como el futuro no es conspirable podemos imaginar, proyectar y trabajar en la lógica de su indeterminación. El escenario de una sociedad poslaboral y la idea de “resolverla por abajo”  -como proponen acá–  parecen opciones interesantes que valen la pena indagar.

 

Foto: Mariano Campetella, Revista Almagro

Alejandro Galiano

Alejandro Galiano

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