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¿Por qué lloró Macri? Una repaso a los últimos llantos presidenciales

Ilustración: Emiliano Ciarlante

Dicen las crónicas que, al borde de la muerte, César lloró más la traición de su amado sobrino Brutus que el hecho de haber sido apuñalado. Pero no voy a ir tan lejos. En busca de los llantos del poder prefiero retrotraerme hasta los llantos presidenciales de Menem. El 15 de marzo de 1995, a los 26 años, Carlos Jr., el hijo del ex presidente, murió en un accidente a bordo de un helicóptero. Algunos, incluída su madre Zulema Yoma, dicen que fue ajusticiado. Los presuntos culpables abarcan un espectro que va desde el extremismo islámico hasta la familia de Pablo Escobar.

Menem expresó quizás la transición entre la política premoderna hacia la posmoderna en Argentina. Lloró cuando, secundado por Antonio Erman González, cargó el cajón de su hijo rumbo al cementerio musulmán de San Justo. Fue un llanto de dolor, el de un hombre de Estado que había perdido a su primogénito. Menem mostró entereza y lloró bajo el sol, frente a todos. En la calle. Una valla policial enclenque lo separaba de una muchedumbre de ciudadanos que había ido a acompañarlo. Las fuerzas de seguridad parecían ausentes.

Menem volvió a llorar en un spot de 2017, cuando se candidateaba para senador. La pieza es una maravilla. Sentado y muy anciano, Menem recuerda su conversión al peronismo. No quería saber nada con la política. Un amigo lo había instado a encender la radio, ya que hablaría Perón. Al recordar aquel momento, en el spot, Menem se quiebra. ¿Por qué se quiebra? ¿Lo hace por la insalvable distancia que hubo entre las políticas económicas de industrialización que defendía su amado líder y las que aplicó él? ¿Por la trágica conciencia de que el tiempo jamás retrocede?

Más bien, uno podría pensar que Menem se quiebra porque su conversión genuina a la política tuvo ese momento fundante. Se quiebra porque creyó en la palabra de Perón. Y porque, más allá de su desempeño presidencial, la potencia de aquel momento lo sigue afectando en tanto animal político. Si el primer llanto de Menem fue el llanto de un hombre en el papel de Jefe de Estado, el segundo fue el llanto de un político recordando su conversión en hombre público. Menem llora la promesa de ascenso social que él mismo encarnó y luego contribuyó a enterrar.

 

La pasión y la contención

El llanto de Cristina Fernández en las exequias de Néstor Kirchner fue conmovedor porque combinaba la dimensión personal con la performatividad de la política. Cristina y Néstor eran una sociedad de políticos profesionales que se presentaba como un emprendimiento militante. No es una novedad que la relación marital entre ambos no era buena. Tampoco que a muchos se nos hace difícil imaginar a Néstor llorando por algo que no fuera dinero. Pero Néstor no era Menem. Ayudado por sus convicciones o por el contexto histórico, Néstor fue mucho mejor presidente. Porque tuvo gestos que hicieron que justamente excediera a su contexto y no se limitara a timonearlo.

Cristina lloró profusamente tras la muerte de Néstor y ese llanto sintetizaba el componente trágico personal con la fibra de emocionalidad política. Pero durante su mandato, Cristina solía llorar en otras circunstancias. Por ejemplo, cuando fue condecorada con el Collar de la Orden El Sol, en Perú. En la actualidad, Cristina también llora cuando, por ejemplo, los militantes le manifiestan su apoyo ante lo que considera una persecución judicial. O cuando un jubilado le cuenta sus penurias (y en eso duplica el gesto de Domingo Cavallo).

A diferencia de Menem, que sólo tenía carisma, y de De la Rúa, de Kirchner y de Macri, que carecían del mismo, Cristina Kirchner es una gran oradora. Y creo que su capacidad de llanto tiene una relación con eso. Hay una emotividad política y una puesta en escena de su cuerpo que pone a Cristina en una situación de sinceramiento permanente. Se dice que Néstor Kirchner terminó muriendo, entre otros factores, por la manera en la que contenía sus emociones. Cristina, en cambio, vive a flor de piel. Más allá de la valoración que se pueda tener de su capacidad política, Cristina es una persona sincera a su pesar. Necesita invocar a los traumas políticos cuando alocuciona. En esto contrasta con Néstor Kirchner.

Resulta difícil comprender el odio social que a menudo existe contra Cristina. Y aquí se produce una superposición curiosa. Cristina es odiada por cuestiones vinculadas a la clase y a la moral. Algunos la odian por populista -entendiendo populismo como una suerte de derroche demagógico-, otros la odian por corrupta. Son dos formas muy curiosas para cifrar la impericia de un adversario. A Cristina se la odia por ser mala administradora y por ser supuestamente hipócrita. Es lo mismo que se le atribuye a la izquierda, por más que para Cristina la izquierda no exista más y que para algunos peronistas la causa de todas las desgracias siga siendo la izquierda.

Lo cierto es que su llanto no se valora igual que el llanto de los hombres. Lo que lleva a pensar que esto ocurre por ser mujer y por ser peronista. ¿Pero qué significa hoy ser peronista y mujer?

En una época en la que se vota bajo emoción violenta y bajo la violenta lluvia de operaciones ideológicas esparcidas por los medios de comunicación concentrados, Cristina no logró aún convertir su sensibilidad en un capital político. Su postura pedagogizante, su enojo, cierto estilo “tirapostas” no la asfixian pero la limitan. La mención a los pañuelos celestes, símbolos de la militancia anti-derechos, en la contracumbre de CLACSO, es un síntoma de esto. Aquel fragmento de su discurso fue eliminado del video oficial que luego circuló sobre el evento.

 

El aguante y el desahogo

El temperamento de Mauricio Macri, en cambio, es similar al de Néstor Kirchner pero en una versión indolente. Nada parece afectarlo. Dicen algunos de sus fans que tuvo más de veinte años de psicoanálisis y que eso lo ayudó. Es difícil imaginar el lugar en el que estaría antes de iniciar su tratamiento, aunque no tanto si uno observa el comportamiento de su padre. Sus problemas de dicción permanecen y se obstina en demostrar que es un pigmeo intelectual. Se podrá decir que estas características fueron justamente las que lo propulsaron a la presidencia. Es imposible determinar qué porcentaje de sus votantes creía sus promesas de “Pobreza Cero”. Pero las mayorías sí creyeron en su “mejor que decir es hacer” 2.0 unido a la siempre ganadora carta de la modernización. Espíritu 2001 más menemismo blanco.

El llanto de Macri en el Teatro Colón parece haber tenido una eficacia notable. En la dimensión humana, todos nos solidarizamos con un hombre cuyo gobierno venía teniendo una performance desastrosa y de pronto se levanta traccionado por el aplauso del poder global. Un afiebrado librero llegó a declarar en Twitter que durante aquel aplauso triunfal se había cerrado la grieta. Y algo de razón tuvo. El relato del héroe que, contra las cuerdas, obtiene un triunfo inesperado, es universal y es humano. Y atraviesa incluso a un hombre de Estado que no logró derramar ni una lágrima ante acontecimientos como la muerte de los cuarenta y cuatro tripulantes del submarino ARA San Juan.

Se trató de un llanto muy diferente a los que venimos reseñando. No fue un llanto de solidaridad social como muchos de los de Cristina o incluso el de Cavallo, ni un llanto hijo de una tragedia personal, como los de Menem y los de Cristina en las exequias de Néstor Kirchner. Mucho menos fue un llanto como el del spot de Menem en 2017, que evocaba su momento de conversión religiosa a un credo político.

Un llanto de desahogo producido por un reconocimiento. No un reconocimiento personal, como en el caso de Cristina cuando fue condecorada, sino un reconocimiento al país. Macri lloró porque Argentina, por una vez, logró que la festejara el mundo que le venía dando la espalda. Se intuye un rosario de humillaciones cuyo origen podría ser un tipo de globalización que sólo seguía vigente en las afiebradas fantasías ideológicas del “equipo” del presidente. Quizás estrangulado por la deuda que él mismo generó, Macri persevera en esta tesitura. Su dócil alineación a los requisitos de los Estados Unidos evidencia una inquietante falta de estrategia geopolítica.

Pese a esto, quedan pocas dudas de que el llanto de Macri fue genuino. Ya llegará el presidente que aprenda a llorar cuando le conviene. No es el caso de Macri. Macri se emocionó porque creyó que el mundo aplaudía a la Argentina. Y se quebró sin haberlo planeado. Los ricos también lloran.

Preguntarse qué aplaudían realmente Putin, Merkel, Macron o Xi Jinping en el Colón, en cambio, es un ejercicio inquietante. Podría decirse que se trató de un aplauso de cortesía luego de la buena elección de la empresa alemana que organizó la cumbre por más de 500 millones de pesos. O que se celebraba la representación del país como un despoblado reservorio de recursos naturales listos para ser extraídos que proponía Argentum, el musical que se presentó en el Colón.

Pero esto no es importante para Macri ni para Cambiemos. A veces lo único importante es el desahogo. Y el desahogo, un sentimiento netamente futbolero, propio de aquellos cuyo aguante está al límite, es un motivo más que genuino para llorar. Dime ante quién lloras y te diré qué eres.

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