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Cinco lecciones del filósofo Slavoj Žižek para entender la realidad

Ensayos como La vigencia de El manifiesto comunista (Anagrama) y la reedición de Lacrimae Rerum (Debate) son una excelente ocasión para conocer a uno de los filósofos que mejor analizan las fantasías que le dan forma y sentido al mundo.

 

Primera lección: ¿a qué llamamos “ideología”?

Slavoj Žižek (se pronuncia “Shíshek”) nació en Yugoslavia en 1949, cuando el país que ahora se llama Eslovenia permanecía bajo control de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Formado como filósofo marxista en su país y como psicoanalista lacaniano en Francia, la caída del Muro de Berlín y el triunfo de la globalización marcaron el timing perfecto para Žižek.

Mientras que a un lado del mundo el comunismo se derretía y sus viejos súbditos descubrían la democracia y el libre mercado, del otro lado, en cambio, la democracia y el libre mercado se preparaban para saltar ya sin adversarios hacia un nuevo capitalismo dispuesto a transformar como nunca las tradiciones que solían darle forma al “estilo de vida occidental”.

Para unos y otros, por lo tanto, las “intervenciones teóricas” de Slavoj Žižek frente a esta confusa realidad de fin de siglo se volvieron tan oportunas como interesantes. Y una de sus inquietudes más recurrentes consiste en preguntar: ¿a qué llamamos ideología?

La ideología no se limita a considerarnos de derechas o izquierdas, ni mucho menos a votar por un partido u otro en las elecciones. Lo que nos propone la ideología es más importante: un marco simbólico capaz de darle sentido a lo que, de otra manera, no lo tendría.

Siguiendo al psicoanalista francés Jacques Lacan, lo que Žižek sostiene es que la relación entre los sujetos y la estructura social en la que vivimos y pensamos es “el fracaso que surge de nuestro proceso de autoconstitución”, y por eso la ideología que ordena nuestra existencia “implica un cierto no-conocimiento de sus participantes”.

Así como tampoco nosotros podemos acceder a nuestra ilusoria “esencia”, la ideología tampoco se trata entonces de una “falsa conciencia” en la que estaríamos sumergidos y engañados, sino que es la realidad la que ya debe concebirse como ideológica. En otras palabras, lo único que nos rodea es ideología.

 

 

Segunda lección: pero, ¿qué significa que la ideología es lo único que nos rodea?

Uno de los chistes con los que Žižek suele explicarlo está en YouTube: incluso por la manera en que funcionan los inodoros franceses (donde los excrementos salen pronto de nuestra vista), los inodoros ingleses (donde los excrementos flotan en el agua) y los inodoros alemanes (donde los excrementos permanecen sobre una superficie elevada), se podrían intuir los mecanismos de una ideología dada a los cambios drásticos (pensemos en Francia y su tradición revolucionaria), los de una ideología conservadora y contemplativa (Alemania y su tradición romántica) y los de una ideología pragmática de soluciones graduales (Inglaterra y su tradición parlamentaria).

Es una broma, desde ya, aunque para Žižek ese pequeño segmento ideológico “escondido” hasta en nuestros inodoros puede alcanzar un despliegue realmente impactante en industrias como el cine.

Pensemos en un clásico como Matrix. ¿Qué es esa tenebrosa máquina que manipula las conciencias sino “el gran Otro”, el orden simbólico virtual, la red que estructura nuestra realidad ante el caos de lo Real? Y, por otro lado, ¿la existencia hipotética de una máquina como la Matrix no habilita también el sentimiento paranoico de quienes están convencidos de que las consecuencias imprevisibles de la vida social y el caos económico al que nos someten los mercados, por ejemplo, se deben a alguna conspiración dirigida por fuerzas maléficas en las sombras?

Lo que nos diría Žižek es que ahí donde, tal como nos muestra Matrix, creemos que hay un responsable oculto digitando nuestras desgracias, en realidad solo estamos siendo víctimas de un espejismo ideológico. No, no hay nadie manipulando nuestras desgracias.

Por el contrario, esas desgracias —y en especial las económicas— son la parte más constitutiva del sistema, el núcleo de su esencia, a pesar de que el propio sistema nos haga creer por intermedio de sus voceros que hay “desestabilizaciones incontrolables” provocadas por la Matrix, los hackers de Vladimir Putin o los comandos chavistas que se infiltran desde Venezuela.

 

Tercera lección. ¿importa la “ficción de la realidad” o… “la realidad de la ficción”?

Sigamos con Matrix. Una de sus escenas más conocidas, en la que Morfeo le ofrece a Neo dos píldoras —una para olvidarlo todo y volver a su vida de ficción, y otra para desconectarse de la Matrix y despertar en la horrible realidad— sintetiza en su omisión lo que para Žižek es el punto clave (o “sintomático”) de la ideología.

¿Por qué no hay una tercera píldora, pregunta el filósofo, capaz de proporcionarnos la capacidad de comprender “la realidad de la ficción” en lugar de darnos nada más que la inútil conciencia de “la ficción de la realidad”?

Para entender la diferencia, recordemos la gigantesca “pileta falsa” que el gobierno de Horacio Rodríguez Larreta inauguró el verano pasado en la ciudad de Buenos Aires. ¿En qué sí acierta la idea de que en una ciudad con sus costas completamente contaminadas y 59.000 nuevos indigentes puede funcionar una pileta pintada sobre el suelo y ayudar a miles de personas a soportar el calor?

En el hecho de que la ideología necesita ficcionalizar, darle una narrativa coherente, crear un “elemento fantasmático”, una “fantasía”, capaz de suturar el dramático desequilibrio constitutivo del sistema (en este caso, la brutal diferencia entre los ricos y los pobres, es decir, entre las piletas que tienen agua fresca y las piletas que solo son pintura azul sobre el cemento).

En consecuencia, no se trata de que una “pileta falsa” como esta pueda desatar una rebelión popular al desnudar “la ficción de la realidad” (el hecho penoso de que lo mejor que tiene la ciudad para ofrecerles a quienes no tienen una pileta es una porción de pintura azul), sino que, por el contrario, la “pileta falsa” desnuda “la realidad de la ficción”, es decir, la construcción artificial de sentido que mantiene estable nuestra realidad ideológica y hace soportables las “fisuras” más traumáticas del tejido social, posibilitando incluso una forma genuina de goce.

 

Cuarta lección: para la internet de las cosas, somos una cosa

Para Slavoj Žižek la tecnología digital es el marco a través del cual hoy entendemos nuestra realidad. Pero la tecnología digital es, por eso mismo, la industria en la cual se concentran muchos de los grandes capitalistas que hoy parecen tomar el lugar de los profetas del fin del capitalismo.

Bill Gates, Larry Page y Mark Zuckerberg son los ejemplos más inmediatos: voces que desde el centro mismo de Silicon Valley nos narran lo que Žižek advierte que no es el “fin del capitalismo” sino “la versión capitalista de su propio fin”, una versión donde todo cambiará… para que la estructura básica de dominación siga siendo la misma.

En este contexto, Žižek tiene algo que decir acerca del verdadero significado de la Internet de las Cosas, esa red de dispositivos a través de la cual se nos invita a incrementar la eficacia, mejorar la exactitud y beneficiarnos económicamente (ganando el tiempo que, por supuesto, solo podremos invertir en trabajar).

¿Y si esta nueva cultura de los “hogares inteligentes” y las “ciudades inteligentes”, una cultura basada en el acopio y el análisis algorítmico de datos transmitidos por los innumerables dispositivos asociados a nuestros movimientos, nuestros consumos, nuestras búsquedas, nuestros alimentos y nuestra salud, nos convirtiera a nosotros en una “cosa” dispuesta nada más que a generar riqueza para las empresas que compran la información?

Si volvemos a mirar hacia Silicon Valley, vamos a ver entonces que Microsoft, Google y Facebook no solo han privatizado ya esa gran masa de “inteligencia colectiva” que Karl Marx solía llamar “intelecto general”, sino que se han ocupado también de favorecer la desregulación de los Estados nacionales a la hora de ejercer controles efectivos sobre la economía, pero los han reforzado a la hora de obligarlos a cumplir las normas (cada vez más restrictivas) en materia de propiedad intelectual.

 

Quinta lección: ¿y si la violencia fuera una solución?

Cuando percibimos algo como un acto de violencia y lo medimos por un principio básico acerca de lo que es una situación “normal” no violenta, Žižek dice que la imposición de ese principio, de ese “grado cero” de la violencia, es la forma más alta de violencia. De hecho, siguiendo al filósofo alemán Walter Benjamin, Žižek no se opone a toda forma de violencia, puesto que cualquier cambio significativo del estado “normal” de la situación requiere un instante violento.

De ahí el concepto de “violencia divina”, una violencia que no tiene nada que ver con la religión sino con aquello latente en los estallidos sociales espontáneos de caos y destrucción, y que Žižek identifica, por ejemplo, con la violencia revolucionaria de los franceses en 1789.

Esa violencia, sostiene Žižek tras los pasos del filósofo francés Alain Badiou, es la violencia todavía incapaz de alcanzar el sentido de un “acontecimiento”. ¿Y qué es un “acontecimiento”? No un hecho simple y aislado, no un brote enérgico y pasajero de violencia, sino un evento capaz de reescribir no solo el futuro de la sociedad sino también el sentido completo de su pasado.

Por lo tanto, la filosofía de Žižek no propone cambiar la realidad, sino cambiar el modo en que estamos dispuestos a imaginarla, de manera tal que ocurra un “acontecimiento”. La pregunta clave, por lo tanto, es esta: ¿estamos realmente dispuestos a imaginar una alternativa?

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Nicolás Mavrakis

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