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Luisito, hijo del neoliberalismo

Con los bolsillos llenos de billetes de baja denominación y una Bersa calibre 22 en la cintura, Luisito pega el último trote de su vida. Un oficial de civil le corta la carrera con dos disparos que impactan en su espalda. Las cámaras del local inmortalizan el momento en el que el menor cae desangrado sobre el cordón de la vereda.

Los medios titulan: “Abaten a peligroso delincuente tras robar una ferretería“.

 

La corta vida de Luisito estuvo signada por la tragedia. Su padre lo abandonó cuando tenía apenas cinco meses. Era el mayor de tres hermanas de distintas parejas de su madre. Con sólo diez años arrancó a cartonear con los pibes de la cuadra. El hambre y la misería de aquellos tiempos en el país llevaron a esa generación de adolescentes a sumergirse en el submundo de las drogas de mala calidad. La pasta base era la novedad y la bolsita con pegamento, un clásico que nunca pasa de moda.

El primer robo lo cometió lejos del barrio. Eran las épocas del Tren Blanco, donde cientos de familias viajaban a revolver los tachos de basura de la gran ciudad para buscar el tan preciado cartón y algunos restos de comida fresca. Las zonas más opulentas de Capital Federal eran las elegidas. Poca gente la pasaba bien en esos años: eran los pocos que pudieron solventarse con los ahorros que no quedaron atrapados en el corralito de Cavallo. Los desechos del capitalismo a la orden de día.

Aquella vez Luisito se trajo una bicicleta. Estaba sin candado, estacionada afuera de un supermercado chino, de los primeros que abrieron el país. La vendió en el barrio por unos pocos pesos, que fueron destinados a la cena de esa noche. Ninguna de sus tres hermanas iba al colegio. Su mamá amasaba medialunas y las canjeaba en el trueque del barrio por arroz o leche en polvo, entre otros productos de primera necesidad.

El inicio de su carrera delictiva coincidió con su ingreso al mundo de las adicciones. Bajo los efectos del Poxiran, sus robos se volvieron rutinarios. Casi siempre la misma secuencia: el descuido. Ya no andaba con el carro a cuestas como sus vecinos. Aprovechaba el viaje en tren para internarse en esa zona de gente que tenía sus necesidades básicas cubiertas, como la de El Solar de La Abadía. En ese mismo lugar también tuvo su primera detención. Un guardia de seguridad lo redujo después de que Luisito le arrebatara la cartera a una señora paqueta que tomaba café.

Estuvo aislado durante siete horas, y fue liberado apenas su madre concurrió a la comisaría con su documento.

Ese año el país tuvo cinco presidentes en una semana. Un fin de año violento donde la represión estatal dejó 38 muertos y muchísimos detenidos y heridos. Los saqueos volvían tras una década, cuando en los tiempos de hiperinflación marcaban el final de la era Alfonsín. Luego había venido el menemismo con una economía dolarizada. El derroche, el famoso “pizza con champagne” y el “deme dos”, íconos nefastos del neoliberalismo salvaje. Los lujos de cierta clase social y los nuevos ricos que se vieron favorecidos con la devaluación “un peso – un dólar”. La diferencia social era abismal: por un lado gente que viajaba a Miami todos los meses de compras; por el otro, familias que perdían sus puestos de trabajo por la invasión de productos importados.

Con la llegada del nuevo milenio la fórmula De La Rúa – Álvarez ganaba con el 48,5% de los votos, dejando con un 38,09% al Partido Justicialista, que presentaba a la dupla Duhalde – Ortega como candidatos.

Con un índice de pobreza del 30% y una desocupación del 14%, el ajuste no tardó en llegar. Recortes de sueldos a jubilados, docentes y fuerzas públicas y aumento impositivo para las clases medias y altas fueron las primeras medidas del gobierno.

La mamá de Luisito trabajaba limpiando hogares en San Isidro. De lunes a lunes, por apenas un sueldo que alcanzaba para una comida al día y el transporte diario. Ella, una formoseña que llegó a Buenos Aires a principios de los ochenta, trabajó de camarera durante mucho tiempo en un pool populoso de zona norte. Ahí conoció a Carlitos, un mecánico del barrio con el que estuvo noviando por más de tres años. La dejó embarazada. Desapareció. Volvió para cuando nació Luisito, y luego se fue para siempre. Sólo dejó la casilla prefabricada y el terreno fiscal donde ella todavía vive junto a sus tres hijas.

La muerte de Luisito le dejó serios problemas psicológicos. Por suerte, en una ONG que agrupa a madres en situaciones parecidas, la contuvieron y la ayudaron a salir adelante. Una de sus hijas pudo terminar la secundaria y está cursando la carrera de derecho. Ya es abuela: las dos más chicas tienen pareja e hijos. Ambas se fueron del barrio hace rato.

 

Son casi las siete de la tarde. La calle se llena de obreros que regresan de una larga jornada laboral. Mucha gente hace las compras en la avenida principal. Luisito está en trance, por la pasta base que hace unas horas fue a pegar a una villa de San Fernando. Le dijeron que en esa ferretería industrial estaba toda la guita. Es el negocio que más factura en el barrio. Tiene un arma que le prestó un viejo chorro amigo, pero está descargada. Es solo para amedrentar. Entra y encañona al empleado. Hay gente esperando para comprar. Una señora entra en pánico. Los gritos alertan a un policía de la bonaerense que espera el colectivo en una parada frente al negocio. Luisito manotea de la caja los pocos billetes que hay. Los de cien se guardan en otro lado. Corre dos cuadras. No tiene buen estado físico, y bajo los efectos de las drogas no tiene registro de nada. El oficial nunca da la voz de alto, según los testigos. El cuerpo de Luisito, de catorce años recién cumplidos, yace en la misma vereda que lo vio crecer. Donde dio sus primeros pasos. Donde jugó por primera vez a ser policía.

Luisito nunca besó a una chica. Nunca jugó a la Play. Tampoco comió sentando en algún restaurante.

Luisito nunca sintió el calor de un buen abrazo maternal.

Luisito, como muchos de esa camada, hijos del cruel neoliberalismo, acribillado por la espalda por la maldita policía que nos tiene que cuidar.

 

* Damián Quilici presenta su show de stand up este viernes 14 a las 22 hs, a la gorra,  en C.C Bomba Club (Chacabuco 524, San Telmo).

 

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Damián Quilici

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