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Primavera Negra: así es caminar por las calles de Buenos Aires en 2018

Empezó el calor, son los primeros días de primavera, y después de varias semanas de usar pantalón por el frío de este invierno, quiero volver a ponerme una pollera; elijo una de jean de tiro alto. Salgo de mi casa, el día está soleado y todo parece andar bien hasta que camino unos pasos y empiezo a ver hombres que me escanean de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba.

Me cruzo con el florista que desde que soy una piba me mira sin descaro y que a los once años me siguió hasta la puerta de mi casa; pasa por al lado mío un hombre de más 50, me mira las piernas y me murmura algo que no entiendo (ya estamos tan acostumbradas al acoso diario que ni siquiera nos interesa entender qué es lo que dicen).

Me bajo un poco la pollera y me resigno a  ponerme mis auriculares para escuchar un poco menos. Camino al subte tomo la arriesgada decisión de pasar junto a una obra de Edenor para no desviar mi camino, sabiendo lo que se viene; subo la música y miro al piso, intentado caminar lo más rápido posible, pero se hace imposible no notar a los seis obreros dando vuelta la cara en simultáneo acompañado de silbidos y comentarios. Vuelvo a bajarme la pollera.

Llego al andén y recuerdo que a mis quince años en un subte lleno, usando también una pollera de jean, un hombre detrás de mí comenzó a tocarme una pierna. Al principio no me di cuenta, y ante el inocente empeño de no pensar lo peor, supuse que era un bolso o algún objeto que me estaba  rozando; pero después de moverme un paso y seguir sintiendo la molestia, comprobé que algo se metía por debajo de mi pollera: me di vuelta y lo vi.

No superaría los 30 años, era más alto que yo y estaba mirándome fijo, sin disimulo alguno. No dije nada. Me quedé helada, sólo atiné a alejarme y él se bajó en la estación 9 de Julio. Luego me di cuenta que no había dicho nada no sólo por estar shockeada, sino también por miedo a que la gente no me creyera, a que lo justificaran por el largo de mi pollera, a que me ignoraran.

En ese momento tomé conciencia de la gravedad de cualquier tipo de justificación al acoso sexual y culpabilización de la víctima, de cuán profunda puede ser la huella que deje en la cabeza de una mujer como para que decida no acusar en público a su acosador. Unos años más tarde recordé esa sensación al escuchar, en plena ola feminista, a Nicolás Repetto cuestionando la vestimenta de una chica acosada en el subte.

Intento sacarme ese mal recuerdo de la cabeza, llego a la estación Palermo, me bajo del subte y mientras subo las escaleras, me vuelvo a bajar la pollera. Salgo, camino unas cuadras y llego a Avenida del Libertador; espero para cruzar bajo la sombra de un edificio ostentoso, de donde sale un señor de traje. Desde que cruzó la puerta me viene mirando de forma libidinosa, y si bien la esquina es ancha -yo estoy junto a la pared del edificio-, él decide pasar lo más cerca mío posible y me mira de arriba abajo.

Asqueada, intento concentrarme en mi música, pero vengo escuchando bocinazos desde hace unos metros. Había creído que se trataba de una disputa entre autos –aún queda algo de esa inocencia de quinceañera-, pero cuando me doy vuelta veo a un auto con cuatro tipos, cada uno salido por una ventanilla, a los gritos  tirándome besos. Me saco los auriculares, me percato del ruido que estaban haciendo, y miro a mi alrededor asombrada de que ni una persona se inmute, que todos sigan su camino.

Este podría ser el relato de cualquier piba en pollera transitando por las calles de Buenos Aires, esa es la clase de situaciones que soportamos día a día sin que nadie reaccione, naturalizando el acoso callejero. Es tal la naturalización que muchas veces nosotras mismas, pese a la incomodidad y la repugnancia que sentimos, lo tomamos como algo cotidiano, común, y, ya sea por miedo o por hastío, son pocas las oportunidades en que tomamos la decisión de responder ante el ataque, de interpelar al otro que cree poseer soberanía sobre nuestros cuerpos.

A cualquier edad, en cualquier lugar

Al preguntar a otras chicas por situaciones de acoso en espacios públicos que las hubieran marcado, me impresionó la cantidad de mensajes que recibí. Todas fuimos víctimas de la cotidiana mirada que incomoda, de algún silbido, algún susurro; muchas sufrimos un manoseo o un hombre apoyándonos en el transporte público, e incluso algunas tuvieron que presenciar cómo un extraño se masturbaba o mostraba sus genitales mientras las miraba fijamente.

Las situaciones que más nos marcan suelen ser aquellas que nos ocurren de más chicas, cuando estamos proyectándonos hacia el mundo como mujeres, con todo lo hermoso que conlleva, pero también con la violencia patriarcal encrudecida que empezamos a cargar sobre nuestros hombros.  Nuestro cuerpo cambia y la mirada de los hombres hacia nosotras también, y empezamos a tomar conciencia de que, de ahora en más, nuestro paso por la calle irá acompañado de comentarios con connotación sexual, gestos y miradas inescrupulosas.

Pero nuestra escasa experiencia en este tipo de situaciones, sumado a nuestro descreimiento de que la gente con malas intenciones sí existe (y abunda), producto de los rezagos de nuestra inocencia infantil, resulta en que muchas veces tardemos en darnos cuenta del abuso. No lo identificamos al instante, e incluso nos queremos convencer de que es un error, que estamos malinterpretando. Así soportamos, como lo hizo Sofía a los 13 años, un viaje entero en subte intentando cambiar de lugar mientras un hombre se le apoyaba.

Muchas veces nuestros primeros contactos con la sexualidad se dan por medio de situaciones de acoso: a los 12 años Candela se enteró sobre la estimulación de los pezones a partir de que un extraño en la calle le dijo lo que le haría en la cama, y de piba Mariana aprendió que los hombres eyaculan mientras viajaba en un colectivo y un hombre le rozó su semen en la pierna antes de bajarse. Cuando tenía doce años a Delfina le dijeron que le iban a hacer el amor con la lengua.

Acosadores hay de todo tipo: de traje y corbata, obreros, jóvenes, mayores, solos, en grupo, e incluso acompañados por sus hijos, y  no parece importarles si la mujer está sola o con un grupo de amigas. Recibí varios testimonios de chicas que recibieron un comentario desagradable  o las tocaron estando su madre al lado. La única situación en la que la mujer tiene chances de evitar una situación de acoso pareciera ser estando junto a un hombre, ¿Serán códigos masculinos o simplemente miedo a recibir la trompada que tan merecida tienen?

Ilustración: Olivia Mira

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Natalia Gherardi

Nació en el año 2000. Es ex-alumna del Nacional Buenos Aires y estudia Sociología.

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