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Argentina 2001: milagros navideños

Juani era mi compañero. Mi amigo desde primer grado. Hermano de la vida. Sólo que él tomó otro camino. Después de abandonar la secundaría se dedicó a robar. Yo laburaba en un astillero, de sol a sol, y él pasaba a buscarme para ir a tomar una Fanta al kiosco del barrio. Siempre andaba empilchado. Pelo cortito con gel, camisa y jean a tono, oro en el cuello. Siempre con guita encima. Íbamos al Soleil, y cuando yo sacaba la billetera para pagar las Nike que me gustaban él decía ‘dejá, yo te las regalo’. No había forma de negarse porque se ofendía. Plata fácil se gasta fácil. Así dicen en el mundo del hampa.

Las pibas lo sogueaban a más no poder. Él siempre generoso. Nunca dejó a nadie tirado. Una vez en el Tropi nos adueñamos de la barra de arriba y gastamos casi cinco lucas en jarras de todos los colores. Una bocha de guita en ese 2001 trágico. Todos se hacían fama diciendo que ranchaban con él. La última vez que salió a robar, se bañó en casa y dejó el jean y la camisa en mi ropero. Se fue de conjunto deportivo directamente a Benavídez, donde tenían un dato. Esa noche eran cuatro. Pero las balas sólo le dieron a él. Con su muerte se terminaba la época más oscura de mi vida. Yo le guardaba los fierros entre mis libros: ‘Guacho, vos tenés que dedicarte a estudiar, no seas cachivache como yo’. Años después sigo siendo cachivache, pero estudio y escribo. Esté donde esté debería estar orgulloso. En toda historia del barrio siempre hay un narrador y un amigo al que lo fusiló la policía. A veces, recordar también se siente como una bala de nueve en el pecho.


Había pasado un año de su muerte. Eran los finales del 2001, cuando el país se caía a pedazos.
El 2002 nos encontró sin laburo, viviendo el día a día, como la mayoría de los argentinos. No había un peso en la calle y los clubes de trueque aparecían como hoy las cervecerías artesanales.
Vos tenías algo para vender y en el club lo podías canjear o liquidar por unos billetes ficticios llamados ‘créditos’, sin valor comercial fuera del sistema de intercambio.

Así uno podía llevar un paquete de fideos y traerse desde un paquete de azúcar hasta un cd original de Patricio Rey. Fue lo más cercano al comunismo que viví. Sin dinero, autogestión a full.
En esos años, si eras pobre tenías más liquidez financiera que la clase media ahorrista. El pobre hacía changas y obtenía la plata del día. Ellos estaban embargados y venían de perder mucha plata con la devaluación, sin contar sus casas hipotecadas.

Llegando a diciembre del 2002 la situación no mejoraba. No tenía laburo fijo y en casa había que pasar la navidad. Mi vieja tampoco tenía trabajo, igual que mis hermanas. Como decía, una semana antes de irse de este mundo Juani había dejado ropa en casa. Permanecía en mi ropero igual que como la había dejado. Juani era un pibe chorro romántico y generoso: siempre quiso ayudarme económicamente, con billetes ganados a pura adrenalina.

Ese 23 de diciembre pensaba llevar la poca ropa que me quedaba a la sociedad de fomento donde funcionaba esta mega feria. La idea era canjearla por harina y puré de tomate, que tendrían como destino una pizza casera para pasar la nochebuena. Encontré la camisa a cuadros y el jean de Juani. Miré al cielo y le pedí perdón. En el bolsillo del pantalón encontré mil pesos. Billetes nuevos, de los que no abundaban. Los lecops y los patacones habían copado el mercado. Volví a mirar el cielo.

Al final no fui a canjear la ropa ni a vender lo poco que nos quedaba. Esa navidad hubo pollo y gaseosas en la mesa. Después de fin de año conseguí un laburo estable, en el que por fin me pude acomodar. Y él seguía ahí, desde el cielo, siendo generoso y haciéndome gastar esos billetes ganados a pura adrenalina, que nunca quise aceptar en vida.

*Foto de portada gentileza de Sub. Cooperativa de fotógrafos

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Damián Quilici

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