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Así nos ven

ALERTA SPOILER.

Me llega la notificación por mail de que se me debitó el pago de Netflix. Un lujito burgués para esta época. Me replanteo si seguir pagando por esta plataforma digital en la que Adam Sandler parece tener acciones. Generalmente me aburro rápido de las series. Apuesto mucho a lo clásico y nacional. Salvo excepciones como la de Pablo Escobar, no suelo engancharme con las pochocleras. El sitio me sugiere una: Así nos ven. Googleo para ver de qué va.

Transcurre en 1989. Es una historia real, y el caso fue conocido mediáticamente como “Los cinco de Central Park”.

Trisha Meili laburaba en un fondo de inversiones de Wall Street. Blanca, de veintiocho años, esa noche del 19 de abril salió a correr por la zona norte del parque de Nueva York. Algo así como los bosques de Palermo de acá. Fue brutalmente atacada y violada. Justo pero justo esa noche, un grupo de pibitos afroamericanos e hispanos había salido a robar y a romper cosas en el mismísimo parque. Salieron corriendo cuando pintó la gorra, pero después los detuvieron para interrogarlos porque habían encontrado a la chica golpeada y abusada en el lugar. Ante la presión de los medios para que encontraran a los culpables, quedaron todos detenidos.

Mediante torturas psicológicas y manipulación, los filmaron confesando el hecho. Estos chicos eran todos menores de diecisiete: la edad oscilaba entre catorce y dieciséis años. La cuestión es que las pruebas de ADN que sacaron de una media con semen no coincidía con el de ninguno. La fiscal del caso los encarceló igual.

Antron McCray, Yusef Salaam, Korey Wise, Raymond Santana y Kevin Richardson pasaron casi dieciséis años presos por un crimen que no cometieron. Fue uno de los casos de injusticia más grande en el país del norte. Cinco pibes negros, acusados sin pruebas. En el 2001, un tal Matías Reyes se confesó  autor de la violación: el ADN coincidió y así ellos pudieron salir en libertad.

Terrible historia. Si hubiera que hacer la versión argenta, nos deberíamos remontar a los finales de los noventa. La época de la maldita policía de Ruckauf. Los escuadrones de la muerte, donde primero te fusilaban y después te plantaban un fierro para hacerlo pasar por enfrentamiento. Miles de casos de pibes que caían presos por venir de una villa o por portación de rostro. Y me trae a la mente a Luciano Arruga, Facundito Ferreyra, Santiago Maldonado, a los pibes de La Garganta Poderosa, y muchos más.

Ava DuVernay, la directora de la serie, deja un mensaje; ¿Qué ves cuando ves a niños negros?
Y acá sería:

¿Qué ves cuando ves a pibes de la villa marginados y sin futuro, con ausencia de estado, sin contención?

La nueve limada siempre en punga.
Los pibes se la van pasando
a medida que la van laburando. Una salidera, un trucho, un rancho marcado, un Pago Fácil. Todo vuelve al barrio, mercado interno. Esos billetes ganados a punta de pistola se convierten en noches de baile, buenos tragos y un par de zapatillas en Unicenter. Es la venganza del marginado contra un sistema que te dice: Si no tenés esto, sos un alto gil.

Las balas policiales a veces
pasan cerca. Los wachos saben a qué juegan y en esta cancha llamada vida, gol de visitante vale doble.
Un rezo al Gaucho con la promesa de volver con oro, vino y cigarrillos.
La mejor pilcha para pasar desapercibido. Un auto con la patente cambiada y un par de balas de más por si pinta bronca.

El hecho salió bien, nadie lastimado, hoy se come asado. Un par de pesos para la vieja y que vaya a comprar mercadería para la semana. Un mensaje a ella para que se quede tranquila. Hoy sale río y boliche de moda.

La wacha muestra sus tatuajes y se saca una selfie con la botella de Absolut. Así somos los buenos, dice él. Eh, compi, lo saludan otros rochos que lo respetan. Infla el pecho. Tiene los bolsillos llenos.
No le teme a la muerte, pero sí a la cárcel.
A perder la libertad. La libertad no tiene precio y, cuando no la tenés, te sale carísimo.

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Damián Quilici

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