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Carlitos

Noviembre de 1993. Estela acababa de romper bolsa. Don Enrique estaba de viaje por laburo. El parto se había adelantado. En la sala de una clínica de primer nivel nacía Carlitos. Un bebé al que nunca le faltaría nada. Sus padres estaban bien posicionados económicamente. Habían hecho mucha guita durante la convertibilidad menemista. Y mucho antes también, con el alfonsinismo y sus australes. Un chalet en Olivos y una casa quinta en Moreno les daban credencial de clase media alta. El status nunca fue una obsesión para esta familia. Tenían pero no ostentaban. Fueron padres por primera y única vez a los cuarenta y cinco años. Carlitos sería el único heredero del patrimonio familiar.

Son las ocho de la mañana de un sábado primaveral. Don Enrique lo despierta. Hoy hay partido en el Hindú Club de Don Torcuato. Carlitos, con catorce años, practica rugby. Lleva una vida bastante ordenada y ocupada. Va a uno de los mejores colegios de zona norte y tiene los mejores promedios entre sus compañeros. Esa mañana, ganan. Su sueño es llegar a la selección y jugar un mundial. Pero Carlitos también se aburre. Tiene todo, pero le falta algo. Un compañero de colegio le hace probar marihuana.

Dieciocho años tenía Carlitos cuando cayó por primera vez por tenencia de estupefacientes. Pero Don Enrique era respetado y había hecho muchos negocios con los comisarios de la zona. No llegó a dormir en una celda. La idea era mandarlo a vivir lejos de la ciudad. Ya había abandonado el colegio y el deporte. El sueño de Carlitos de ser estrella en Los Pumas ahora se había convertido en mandar unas toneladas de cocaína a Europa. Tenía sus soldados y sus zonas liberadas. En todos los barrios privados se hablaba de la calidad de la que él vendía. Es pura, rica y exclusiva, decían. Entre sus clientes, deportistas, políticos, actores, modelos y mucha gente de la noche, de boliches de costanera. Probar la de Carlitos no salía barato.

2016. Muere Don Enrique de un infarto en el sanatorio La Trinidad. Carlitos pierde protección. Hace un tiempo que eran socios en el negocio. Su padre se ocupaba de arreglar con la federal y la bonaerense. Ahora hay que cuidarse. Una decena de soldaditos y sicarios están a sus órdenes. Se le adjudican al menos catorce muertos por ajustes de cuentas. Ninguna fue probada. El poder de la alta sociedad en su esplendor. Carlitos se mueve con total libertad: desayuna en Puerto Madero, almuerza en Palermo, cena en Costanera norte. A sus exclusivas fiestas asisten empresarios del más alto nivel. Maneja códigos criminales de la vieja escuela. La familia de los enemigos no son enemigos, decía. Atrás quedó ese pibito introvertido al que sus compañeritos de colegio burlaban porque no lo dejaban salir a ningún lado.

Un nuevo gobierno le declara la guerra al narcotráfico. Todas las semanas tuitean sobre allanamientos en villas del conurbano donde incautan pequeñas dosis de marihuana. Caen perejiles con porros para consumo personal. Una ministra de seguridad que se cree Rambo dice en todos los medios que ha bajado el índice de ventas de droga, gracias a sus operativos. Caen los transas de barrio, algún que otro dealer en Palermo. Llenan de gendarmes las fronteras. Y aún así, la droga sigue en circulación. Porque los Carlitos manejan impunidad. Los Carlitos no caen presos. Los Carlitos comen en los mismos lugares que ellos. Los Carlitos tienen peso político, hacen lo que quieren. Los Carlitos nunca van a conocer un penal. Ponen y sacan comisarios. Los Carlitos de hoy son las injusticias de mañana.

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Damián Quilici

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