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El bajo Perú: primera entrega

El día que Marito se mudó al departamento de dos ambientes con escasa iluminación hubo un ajuste de cuentas dos pisos más arriba, con el saldo de un muerto. Del asesino nadie supo nada. Las cámaras de la entrada no funcionaban hace meses. Asuntos de drogas, decían por ahí. Otros aseguraban que fue por una deuda familiar.

–  Acá no preguntes mucho si querés andar bien, capo, esto es el bajo Perú- le dijo el portero del edificio.

Marito asintió. Se vino desde una villa del conurbano, rodeado de malandras, pibes chorros de los que se te ocurra, viejos ladrones de blindados ya jubilados, y con un índice de pobreza que asustaba. Sin embargo, en  los primeros meses sintió miedo. El peligro acechaba. Muchos pungas, descuidistas, transas en todas las manzanas a la redonda, y una guerra a la que nadie lo invitó pero él solito se la buscó.

Foto: Ferdinando Scianna

Johana laburaba en la panadería de la cuadra. Marito compraba todas las mañanas algo para desayunar. Casi siempre lo mismo, tres medialunas y alguna factura rellena de dulce de leche.

– ¿A qué hora salís?

Le preguntó una mañana.

– Hasta las seis de la tarde le pego ¿Por?

Respondió ella.

– Nada, no conozco a nadie por acá, podemos tomar una birra.

La invitación ya estaba hecha. Marito estaba sacando pasaje al infierno durante los próximos meses.

Poco importaban sus berretines de matón en su nuevo hogar.

La gente va y viene por la avenida principal del barrio del Doce. Sus calles pintorescas, llenas de tiendas de ropa, juguetes y telas, le dan el toque especial. Miles de personas llegan por día a hacer sus compras y vuelven a sus casas en trenes, colectivos, con carros y bolsas.

A pocas cuadras del bajo Perú, unos restaurantes de comida típica peruana explotan de comensales desde el mediodía. Marito prueba el cebiche. Es el plato nacional, preparado a partir de trozos de pescado en forma cuadrada que posteriormente son mezclados con limón y sal.

En el barrio Santa Rita, Marito era muy respetado. A sus treinta y cuatro años y ya retirado de la actividad delictiva, se mudó a la gran ciudad, en busca del progreso y de alejarse de las malas influencias. A la mayoría de sus amigos los mató la policía.

Poco importaban sus berretines de matón en su nuevo hogar. Al mes le quisieron robar la moto en la puerta del edificio. Sorprendió a uno cortándole los cables del encendido:

– ¿Qué hacés ,pedazo de gil? Salí de acá, rata ¿Vos te querés comer un tiro acá nomas?

– Disculpá, causa

– ¿Disculpá qué, la concha de tu madre?

– Broder, no te enojes, no soy de acá- le decía mientras se iba alejando despacio.

– Tocá de acá, rastrero, que ya te voy a cruzar, rata.

Salió corriendo. Era el Manuel, el más chico del Clan Cubilla. Concuñado de Johana.

Foto: Ferdinando Scianna

Ella, de apellido Reyes, había llegado hacía cinco años con su hermana menor y su madre. Ambas ejercieron un tiempo la prostitución en sus primeros años en la ciudad.

No tardarían mucho en cruzarlo a Marito en la calle. Lo interceptaron en el cruce de la avenida Almagro y San José. Marito era bueno de reflejos, y en el bajo Perú, si no andas armado, te ponés el moño.

 

En su vida anterior, Marito no fue cualquier delincuente. Nunca le robó a un trabajador, tampoco a mujeres. Sus inicios en el hampa fueron a sus viente años recién cumplidos. El narigón Carlitos, un viejo ladrón del barrio Santa Rita, y además su padrino, lo llevó como chófer para un laburito. 30 lucas le quedaron para él esa vez. Desde ese día aprendió que la moneda no está en el bolso de un obrero ni en la cartera de una empleada doméstica.

– ¿Vos sos el que amenazó al Manuel?

– ¿Qué decís?

-Eh, eh, tranquilo, broder, bajá el arma, solo vinimos a hablarte.

– ¿Quiénes son ustedes? ¿Quién los manda? La concha de tu madre, ¿quién carajo sos? ¿Quién es Manuel?

– Tranquilo, bajá el arma, nosotros no tenemos nada que ver.

– Bueno, yo no conozco a nadie, andá y decile al que te mandó que yo también tengo fierro, y que me la banco solito y que venga con ustedes, los soldaditos, que tengo plomo para todos.

La banda de peruanos matones que lo habían interceptado quedó obsoleta. El líder hasta cambió de color cuando Marito le puso la 9 milímetros en el cuello, ante la mirada de sus compatriotas y los curiosos que pasaban.

Hacía años que no agarraba un fierro. Pero esta vez, en un barrio nuevo, no podía regalarse de ninguna manera.

Los Cubilla y Los Reyes son dos bandas enfrentadas por la comercialización de la cocaína en el bajo Perú. Salvo la excepción; Pablo Cubillas, hermano mayor de Manuel, en concubinato con Rosa Reyes, hermana de Johana.

El episodio de Marito con los peruanos por llegó a oídos de Los Reyes, que inmediatamente lo quisieron conocer.

A fuerza de respeto se estaba haciendo popular en esas calles que, de noche, son la boca del lobo.

En la semana de su primera cita con Johana salía del penal de Ezeiza Henry Flores, un viejo fiolo y expareja de ella que cambiaría todos los planes.

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Damián Quilici

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