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El conurbano tiene magia

El conurbano tiene magia. A pesar del barro, las calles sin numeración, la industria paralizada y la sobrepoblación. Tiene esquinas con mística, almacenes eternos resistiendo a las grandes cadenas de supermercados y sus fastuosas ofertas semanales. Tiene una remisería cada dos cuadras, con una flota de autos que se quedó anclada en 1995. Tiene en cada esquina una cámara municipal que cuesta miles de dólares para vigilar a sus habitantes, que viven en modestos hogares que valen mucho menos que ese domo por el cual se controlan los movimientos durante las 24 horas.

Tiene a los barones de la política remachados en los sillones de sus despachos. Perpetuados en el poder desde hace décadas. Trabajadores municipales limpiando veredas y zanjas con una pala, ante la ignorancia del vecino que no es capaz de acercarles un vaso con agua. El comerciante que todavía confía y sigue dando fiado a los conocidos de siempre, a la vieja usanza, anotando en la libretita.

El conurbano tiene magia. Magia blanca, magia negra, en templos umbandas instalados hace tiempo y que conviven con las iglesias evangélicas, en crecimiento en la última década. Tiene colectiveros de todas las líneas transitando la provincia. El conurbano es un semillero de choferes de micros de larga distancia y de camioneros.

El cambio cultural, a medida que te vas alejando de la General Paz, se ve reflejado en algunos malestares de salud. Por ejemplo, en CABA, dolor de estómago. En conurbalandia: empacho. Y también se refleja en los habitantes, en nosotros. Acá hay amor, del más puro, sincero. Sin intereses de por medio. No hay terapia que te borre de la mente aquel amor que no fue hace quince años. Esos vínculos afectivos fuertes son los que nos diferencian del resto. Todos los días en el conurbano se oyen disparos. Y, si hacemos silencio, un corazón que se acaba de romper. Cada desamor se vive como una verdadera tragedia. Al amor se lo vela, se lo entierra y se lo recuerda en cada trago de birra y en esa cumbia que añora tiempos felices:

Siempre que escucho llover sobre el techo de chapa, me acuerdo de todos los versos que te dedicaba.

Observo las goteras, corro la cama, miro por la ventana y te escribo.

A veces, te extraño mucho. A veces no quiero recordar tu nombre.

Y quiero que esta lluvia al fin, se lleve tu recuerdo. Que se me inunde el patio, y que cada vez que sea tormenta, no vuelvas a aparecer en mi poesía.

El conurbano tiene magia. Tiene obreros resignados y obreras solas contra el mundo. Una cervecería artesanal que te hace sentir un poco pudiente al pagar una birra al doble de lo que cuesta en cualquier otro bar sin tantas pretensiones. Nuevos menús de comida rápida; las papas con cheddar reemplazaron al pancho con gaseosa del kiosquito. Un relato de amor del tercer cordón dice así:

Eran noches de mucho frío y nos tapábamos con tres frazadas y un acolchado. Ni el rocío del techo de chapa ni las heladas matinales que suelen azotar al conurbano podían con nuestro calor humano. Una verdadera caldera. Ninguno de los dos quería levantarse para ir al baño, que estaba afuera de casa. Era imposible. Unas polkas paraguayas del vecino nos despertaban. Mi vieja preguntando si nos íbamos a levantar a comer. El pan con manteca y azúcar con mates lavados. Y esa película en canal 13 que repetían cada dos meses. Esa remera que te quedaba grande y que dejabas en casa corte pijama. La silla al lado de mi ropero donde dejabas tu mochila y esa campera abrigada. Un cd de enganchados colombianos de Rescate Bailable que yo odiaba escuchar porque eran temas remixados. Una maquinita de afeitar y un jabón casi nuevo. Una fragancia de Avón y un lápiz labial comprado en Once. Unas cartas escritas a mano y un peluche que sacamos en una maquinita de Unicenter. Unas entradas de cine de aquella vez que fuimos al Soleil. Una caja de zapatillas Nike que te regalé esa misma tarde. Una foto en el Puerto de Frutos y un retrato colgado en la pared. Nuestros miedos e inseguridades y esos celos por mis amiguitas. Un resentimiento del pasado. Una herida que no cerró del todo. Una cumbia que ya no puedo volver a escuchar. Y un perfume que ya no puedo volver a sentir. Todo eso te llevaste cuando te fuiste. Una mañana de domingo para el olvido. Pero a vos te debo todo, yo no era así, no sabía que existía alguien que me quiera tanto. Cuando me preguntan si alguna vez estuve muerto en vida, me acuerdo de ese día.

El conurbano tiene magia, y aunque lo vivan subestimando, todavía sigue sacando conejos de la galera.

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Damián Quilici

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