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La historia sin fin: el difícil arte de ser inquilino

40% de aumento para renovar otros dos años. Más refuerzo de depósito. Más expensas y el alquiler. Hay que laburar todo el mes para solventarlo. Más de la mitad del sueldo va para la propietaria y la inmobiliaria. Pero volver a lo de los viejos no es una opción. Ya la familia se agrandó y la habitación de adolescente es ahora una especie de monoambiente, en el que convive alguna hermana con su futuro marido. Hay que salir a buscar algo. Urgente. El mes empieza a correr y la desesperación también.

“Alquiler dos ambientes, zona Caballito, cerca de estación de subte y líneas de colectivos. No apto mascotas ni niños”, decía el aviso. No tengo nada, y me animo a llamar.  Requisitos: garantía de Capital, seguro de caución, últimos doce recibos de sueldo, el depósito  más el último mes, más gastos administrativos. 60 lucas. Lo pienso, pero con esa plata puedo comprarme un terreno en algún barrio, no del tercer cordón, del quinto cordón del conurbano.

El negocio inmobiliario de Buenos Aires es nefasto. Juegan con la necesidad, sabiendo que detrás tuyo hay veinte más esperando para señar ese cubículo de cemento diseñado para vivir. Tampoco hay créditos accesibles y mucho menos te podés meter en un UVA: los bancos insisten en engramparte. Hay que seguir buscando. Apelo esta vez a las redes sociales, a algún alma caritativa que sea dueño directo. No hay éxito. No tienen muchos requisitos, pero el costo dobla el presupuesto que tengo pensado gastar.

Al fin encuentro uno acorde a mis necesidades. Un quinto piso sin ascensor, sin bidet y bajas expensas. Me doy por vencido. Pienso seriamente en volver a lo de mi vieja, al barrio, dormir en donde sea. Chau sueños de independencia. Recibo el llamado de la inmobiliaria. Me preguntan si voy a renovar, porque solo quedan diez días. Ya fue todo. Empiezo a juntar los papeles, pienso laburar por las noches repartiendo comida para alguna aplicación moderna.

Pero el milagro ocurre. Se desocupa un segundo piso a pocas cuadras de mi casa actual. Cómodo, luminoso, grande. Con espacio suficiente para guardar lo poco que tengo. Firmo contrato, previo depósito. Viene mi familia a darme una mano con las bolsas y cajas. Lo único pesado es la heladera y el sommier. Todavía no tengo internet. Mi primera noche en mi nuevo hogar. Bajo al chino, compro una Cunnington pomelo, brindo conmigo mismo. Por este depto, por esta aventura, por los dos años que se vienen, siendo un eterno inquilino.

 

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Damián Quilici

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