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La libertad es fiebre

Todavía no son las diez de la mañana y el solcito porteño aparece tímidamente entre unas nubes negras. Estoy a punto de bajar del 151 y en cuanto cruce la plaza Constitución pienso pegarme un trote para agarrar el siguiente tren. Sale en unos minutos por la plataforma 9 y su destino es Bosques. Está semivacío. Algo inusual en la línea Roca. Hay algunos vendedores ambulantes en la formación, otros en el andén. Barbijos, chocolates, gaseosas, panchos. Pienso que es muy temprano para un desayuno nutritivo.

Estoy yendo a la unidad penitenciaria número 24 de Florencio Varela. Según indicaciones de Google Maps y contactos de Facebook, desde la estación debería tomarme el colectivo 500. Me deja en La Capilla, casi zona rural, y de ahí un kilómetro y medio más hasta el lugar. Elijo tomar un Uber. No conozco la zona y estoy llegando tarde. La ruta 53 me recuerda un poco a mi barrio, cuando todavía no existían los barrios privados y Las Tunas “era todo campo”.

El chofer me da indicaciones. El complejo penitenciario tiene cinco unidades (23, 24, 31, 32, 42) y se encuentra ubicado a unos quince kilómetros del casco céntrico. Me bajo del Corsa gris. No llevo mochila, solo algo de plata, celular y mis auriculares. El primer control lo paso como si nada. Ni DNI me piden. El segundo es un poco más estricto. Hay un scanner que no funciona, y unos cinco agentes de servicio carcelario en el ingreso. Me hacen dejar el documento y el celular. Después, adentro, me voy a dar cuenta de que todo el mundo lo metió oculto entre la ropa. Igual no había señal.

El evento al que fui de invitado estaba organizado con el CEU (Centro de Estudiantes Universitarios) Eduardo Pimentel. Me esperaba una larga jornada de actividades. Entre ellas, obras de teatro, un rapero ex presidiario, un abogado de derechos humanos, un acústico, una Madre de Plaza de Mayo y un concurso literario donde yo era jurado de honor.

El catering de recibimiento no tiene nada que envidiarle a cualquier celebración. Medialunas de grasa y manteca, galletitas, café, jugos, agua, y té. Los mismos pibes ofician de mozos y también están en la cocina.

Esto recién arranca. Pido ir al baño, un cuartito de 2×2 con un inodoro de cemento casi letrina pintado de azul Francia. No hay nada para lavarse las manos. Pienso en el hacinamiento y el brote de nuevas enfermedades, como el coronavirus. Es un buen momento para escuchar historias. Empiezo a recorrer el sum de visitas para socializar con ellos y preguntarles, sin morbo alguno, qué les pasó en sus vidas para que terminen así.

Continuará.

*Foto de portada de Chris Steele-Perkins

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Damián Quilici

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