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La Néstor en Rosa

Hace poco más de un año, en un mundo pre-covid, se reinauguraba en una Casa Rosada llena de personas que podían tocarse a cara destapada el Salón de Las Mujeres Argentinas del Bicentenario. El espacio fue gestado por Cristina K en 2009. Luego, durante el gobierno de M&M, alojó una especie de call center. Al asumir su mandato, Alberto Fernández decidió recuperarlo para tratar de revertir el daño simbólico y cultural causado por cuatro años de macrismo.

Sus paredes están adornadas con cuadros que homenajean a mujeres destacadas de la cultura argentina. A esta sala, se le sumó un sector denominado Salón de las Mujeres, Géneros y Diversidad con nuevas fotografías, entre las que figura una imagen de Néstor Perlongher.

Entonces, se nos aparece una foto como incitación visual y nos preguntamos cómo ese fragmento de vida nos afecta, cómo ese, esa, que está representade en la imagen se relaciona con nosotres. Cómo nos impacta su pensamiento y su poesía. Nos disponemos a realizar juegos de recordación de instantes o momentos aleatorios para que irrumpan relampagueando el presente. Por ejemplo, la foto-homenaje bien podría estar teñida de rosa, algo así por ejemplo:

La Rosa del Nilo, más conocida como flor de loto, es una planta acuática que tiene la particularidad de prosperar a partir de rizomas que se hunden en el barro. Crece en/desde el barro y es esta característica la que la ha convertido en un símbolo de perfección para la religión budista. La Rosa del Nilo es una planta hermafrodita que se reproduce por rizomas.

El único libro publicado en vida por una poeta con nombre de flor, Margarita Roncarolo, se llama Rosa o muerte. Margarita tenía el pelo teñido de rosa a los 60 años porque, simplemente, le gustaba el color que de chica le habían enseñado a odiar: el rosa es de mariquita, el rosa es de princesas, hay que odiar el rosa. Una de sus pequeñas revoluciones consistía en un uso poético-político de un color ultra recargado de estereotipos que ha sido usado para reforzar una construcción social de género según una visión binarista que distingue un sexo de otro asignándole a cada uno un color.

La acción-Margarita de reivindicación del color rosa es similar a la que hace Perlongher con la acepción del rosa como nombre. En su trayecto literario, ha utilizado múltiples seudónimos recurriendo en varias oportunidades al Rosa, en honor a la revolucionaria alemana Rosa Luxemburgo: Rosa L. de Grossman, Rose La Lujanera, Roshina da Boca, La Rosa coja, La Rosa, o directamente, Rosa Luxemburgo.

Perlongher-de-rosa, como la marica o la Néstor (la Wayar llamó así  a Perlongher en las Jornadas Néstor Perlongher llevadas a cabo en la Biblioteca Nacional en 2012), nos ayuda a pensar  en la posibilidad de un discurrir transexual, un devenir transfronterizo que pueda ocurrir tanto en la calle y en la cama como en la casa. La Néstor lo ha dicho: “toda política es, también, una política de la sexualidad”, es decir, una política de lo cotidiano. Una existencia menor indica la posibilidad de una línea de fuga: la apertura a un modo de subjetivación disidente que arroja a lxs sujetxs a derivar por los márgenes de los comportamientos normalizadores y convencionales.

Feminizar a Néstor a través de la anteposición de un artículo, la Néstor, no es sólo un guiño para dar cuenta de sus performances habituales (ir a comprar con ruleros, cruzar el Puente Avellaneda en  tacos  y tapado de piel sintética) o una alusión a su militancia en el Frente de Liberación Homosexual, o una distinción del otro Néstor. Feminizar a la Néstor es recordar su propio juego textual: en muchos de sus escritos, la Néstor adopta “voz de mujer” para devenir “lengua de mujer, decir menor, vocecilla impertinente dejando dicho lo que no hay que decir”. La Néstor experimenta el devenir lesbo-mujer, para desentumecerse de la cultura heteronormativa y opresiva que bloquea los múltiples haces de placer de un cuerpo erógeno libre.

La Néstor, cuando escribe, escandaliza. Qué diría hoy si se viera ahí colgada, en-Rosada, a unos pasos de distancia de Evita…

En ese gesto lingüístico neobarroso (denominación acuñada por Perlongher para hablar de una poética barroca fundida con el barro del Río de la Plata) de intervención poética y política, la tía del movimiento LGBT latinoamericano (epíteto que prefería antes que “el padre” del movimiento, quizás porque la tía es un tipo de pariente que orbita por fuera del complejo triángulo edípico: madre, padre, hijo) muestra el barro del mundo delicado de la rosa que es, a la vez, un mundo erótico, puerquito, un mundo remilgado que se hunde para buscar en el idioma la fábrica de barro que le permite, más que transformarse en rosa, entrar en contagio con zonas otras, tener el funcionamiento de la Rosa, hacer lo que puede la Rosa.

me viene así
rosa
de abajo de las raíces
brota tibio
gastadito (*)

El mismo movimiento queda evidenciado en el cuento “Evita vive”, en el que para dar cuenta del devenir lesbo-mujer-puta del personaje no tiene más que usar el nombre en diminutivo. Usa de Eva a la Evita, la hace mujer molecular y así la devuelve plebeya y deseante.

La Néstor, cuando escribe, escandaliza. Qué diría hoy si se viera ahí colgada, en-Rosada, a unos pasos de distancia de Evita, homenajeada por dignatarios, inmortalizada, enmayorizada siempre insurrecta. En el ejercicio de un juego recordatorio, en el momento aleatorio en que alguien mira su fotografía, la (Rosa) Néstor está ya fuera del tiempo, no para burlar la vejez, muerta ella tan joven, vuelta mito tan de pronto, sino para estar fuera de la duración, para gozar de eternidad justo en ese instante en que esté siendo vista, actualizada, renombrada.

* Cita del poema “Consideración a todos los que me gritan por la calle mamarracho porque a los 60 años llevo el pelo pintado de rosa” de Margarita Roncarolo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Caro Rodriguero

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