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Las vueltas de la vida

Era supervisor de turno en la multinacional donde yo trabajaba. Tenía a cargo a unos cien operarios aproximadamente. Él también lo había sido. Contaban que entraba media hora antes para que no se cortara la producción y se iba diez minutos después mientras llenaba planillas. Era el único que respetaba el estricto horario del comedor. Mientras sus compañeros se iban a jugar al truco al vestuario, él iba a la maquina a preparar todo para seguir. Le gustaba quedar bien con sus superiores. La empresa tenía sucursales por todo el mundo, por lo tanto eran todos empleados, en mayor o menor medida. Buchonear a sus compañeros le valió el ascenso, primero a jefe de línea y luego a supervisor del turno noche. Su despacho parecía el de un CEO de alguna automotriz.

En la época dulce del kirchnerismo pudo comprarse el primer 0 km. Le gustaba ostentar y en todo momento te hacía sentir inferior. Era el terror de los pibes que entraban por agencia. No le gustaba tu cara y al otro día la quedabas en la portería. Él decidía quién seguía y quién no. Te firmaba las vacaciones a su antojo y te daba horas extras si eras amigo. Formó una nueva familia luego de un matrimonio fallido. En su escritorio se podía ver ese clásico retrato con su esposa e hija.

Yo había ingresado a trabajar a finales de 2009. Después de varios meses, y por un acuerdo del sindicato con los gerentes, quedé efectivo. Los turnos rotativos y mi falta de motivación por el sueldo que tenía terminaron de enfermarme. Luego de tres años me otorgaron licencia psicológica por el estrés causado. Un libro que llegó a mis manos recomendaba estudiar stand up. Así lo hice, y en apenas cuatro meses estaba arriba de un escenario haciendo reír a desconocidos. Luego vino la etapa mediática y de exposición, en tv, festivales, radio, diarios y en otros medios alternativos. La vida esta vez me estaba diciendo por acá es.

El último día en la fábrica me retiré temprano. Te vas a cagar de hambre, pibe, acá por lo menos tenés un sueldo fijo, fueron las últimas palabras que escuché de él. Ya estaba jugado. Llegué a un arreglo y salté al vacío. Pudo haber salido todo mal, y más de una vez pensé en volver a ganar dinero bajo patrón.

Hace tres años la empresa cerró la planta y se fue del país, como tantas otras. La inestabilidad económica del macrismo y la inflación hizo que se perdieran miles y miles de puestos de trabajo. Mis ex compañeros cobraron una indemnización abultada pero ya devaluada. Algunos consiguieron trabajo, otros apenas sobreviven en esta Argentina del sí se puede.

Son las diez de la mañana de un domingo soleado y electoral en todo el país. Desayuno unos mates con pan con manteca con mi familia. Tengo que ir a votar a una escuela un poco alejada del barrio. Decido pedir un Uber, 150 pesos, la noche anterior había tenido evento privado y me daba para ese lujito. Carlos Antonio está llegando en un Fiat Punto, me avisa la aplicación. ¿Damián? Me dice el conductor. Y me siento adelante. El mismo que me dijo que me iba a cagar de hambre ahora maneja para mí por unos pocos pesos. Hace tres años no consigue laburo, cambió el Bora por algo más chico. Se separó y está alquilando en una pensión. El gobierno anterior se robó todo, dice, y que aprovecha el viaje para ir a votar y luego descansar. Hace dieciséis horas que no se baja del auto. Y pensar que hace un par de años, si demorabas unos minutos de más en el baño, te mandaba a recursos humanos, te hacía suspender o despedir. Le pago con un billete de 200 pesos.

– Quedatelo, compa, que andes bien, ahora me espera un asadito.
– Uh, gracias, un día te tengo que ir a ver.

Las vueltas de la vida. Todos somos reemplazables. Moraleja: nunca escupas para arriba.

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Damián Quilici

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