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Mamá luchona

Son las siete de mañana. Jimena mira por la ventana mientras espera que hierva el agua en la pava. Thiago tiene sueño y no quiere tomar el té que preparó su madre. En minutos tiene que entrar al jardín. Por suerte queda a dos cuadras de su casa. En esas horas, Jimena aprovecha para lavar la ropa, los platos y preparar el almuerzo para cuando regrese su hijo de cuatro años.

La cajera del supermercado vuelve a pasar una y otra vez la tarjeta azul de alimentos que provee Desarrollo Social. ‘No tiene saldo, madre’, le dice. Jimena tiene que dejar las pocas cosas que cargó en el canasto. Leche, galletitas, y una manteca. La merienda de Thiago. Todos los meses le depositan en esa tarjeta un monto de $195. Ni la mitad de lo que cuesta la botella de Absolut que el padre de su criatura toma cada fin de semana en el boliche y que ostenta por las redes sociales.

Jimena tiene veintitrés años. Cuando terminó la secundaria, con excelente promedio, se enamoró de Nico: ocho meses intensos en los que hubo de todo y terminaron con un embarazo no deseado. Él no se hizo cargo. Es mayor que ella, y hace dos años que trabaja en negro, de remisero, para no cumplir con la cuota alimentaria. Tiene una foto de perfil con Thiago, y sus contactos le comentan lo buen padre que es. Lo cierto es que la última vez que vio a su hijo fue hace cinco meses. Cada tanto le alcanza plata, poco, porque dice que Jimena se la va a gastar con “los machos” que tiene.

Jimena soporta el cyberbullying de la sociedad hacia las llamadas “madres luchonas”. Dice que no puede entender a quién le puede causar gracia un tipo que no se hace cargo de su hijo, que deja la crianza a cargo de la madre, que no apoya económica ni sentimentalmente. De noche llora a escondidas. Ella también tiene sueños, como todas, quiere ir a tomar mates son sus amigas, quiere ir a ver Dalila al baile. Jimena piensa que hace todo mal, cuando en realidad está haciendo todo bien. El que está mal es el que la dejó sola. Mamá luchona, le dicen a Jimena los pibitos con zapatillas compradas en cuotas por los padres obreros. Mamá luchona le dicen, porque burlarse del papá ausente, en esta sociedad, no causa gracia.

Jimena tiene dos trabajos. Por las tardes reboza milanesas de pollo en una granja pollería del barrio y los fines de semana labura de moza en eventos. Gana poco menos de veinte mil por mes. En negro. Una buena parte de esa plata se le va en la niñera. El resto es para pagar un alquiler en una pieza con baño compartido, comprarle ropa a Thiago y tratar de comer todos los días. No tiene familia en buena posición que la banque. Su madre limpia casas y el padre es albañil. Hija única, a los dieciocho se fue de la casa, con el secundario completo y la ilusión de vivir la aventura de un amor adolescente.

En su hogar las cosas tampoco estaban bien: el padre violentaba a su madre cuando consumía alcohol. Cuando quedó embarazada, los padres de Nico le propusieron que si no podía mantener a Thiago lo podían criar ellos y que ella hiciera su vida como si nada. Le pareció perverso, y ante la negativa dejaron de tener contacto. La mayor parte de las burlas a madres solteras proviene de las mismas mujeres. Algunas con la vida resuelta y sin problemas para cubrir necesidades básicas, aconsejan que se busquen un trabajo como la gente. Como si fuese fácil hoy en día criar a un hijo y trabajar de lo que amás sin tener los medios y el dinero.

Otras en la misma situación que Jimena hablan de meritocracia, como si todo el mundo tuviera las mismas oportunidades. Todos opinan sin conocer al otro, sin saber la situación en la que se encuentra. Otras aconsejan que se busque a uno que la mantenga, como salida rápida a los problemas. Nico ya rehízo su vida varias veces. Incluso, cuando Jimena fue a parir, él ya estaba con alguien. Ella no tiene ganas de ver a nadie. No tiene tiempo de amar ni de soportar a cualquier gil de los que abundan. Un tiempito anduvo con uno, pero no prosperó. Su prioridad es Thiago. Él no extraña a su papá, porque nunca lo tuvo presente. Nunca le cambió el pañal ni lo escuchó decir sus primeras palabras. Tampoco vio crecer sus primeros dientitos. Ni dar sus primeros pasos. Thiago está creciendo. Algún día, cuando sea grande, va estar orgulloso de su madre. Y ojalá ese día nos burlemos de los papás que abortan, que se borran, y que son solo una foto de perfil en las redes sociales.

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Damián Quilici

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