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María: crónica de una depresión

María dice que no somos compatibles. Pero yo era invisible y ella me vio igual. Tiene una sonrisa eterna y en los días grises la saca a relucir. Prefiero estar sola, dice, mientras me abraza y deja su perfume en mi campera. Se enoja, es explosiva. Me escribe y me reta. Tiene razón, María. Le prendo una vela al Gaucho por ella. Todos los ocho de cada mes voy a recordar que no estoy tan solo. Es de las que dicen podés contar conmigo y, posta, podés contar con ella. María es sensible pero no débil. Una pizza de parado, una Brahma bien fría. Ser feliz es barato, dice. Extraño esas mañanas en las que despertaba y eran todos mensajes de ella. Escribí, me dijo aquella vez, escribí hasta que deje de doler. María es de otro planeta, nació en un mundo equivocado.

Estoy rota, tengo todo pero me falta alguien, me dijo. A vos no te falta nadie, amiga, le contesté. La abracé fuerte una noche de viernes en Plaza Italia. Pedimos una chica de muzzarella en Kentucky y María comió media porción. La tristeza te saca el hambre, dice. Otro amor que falla en su vida. A veces no importa que te rompan el corazón, sino quién lo hizo. Se lo digo y veo caer sus primeras lágrimas. Nunca la había visto llorar. Perdoná, me dice.

Esa noche llovía fuerte en la ciudad y el 60 que me llevaba a casa no venía más. María quería seguir escabiando.

-¿Sabes qué?
– ¿Qué?
– Nadie como vos.

Sos un chamuyero, dice. Toda la vida buscando tener suerte y la tengo acá al lado, sigue. Ahora me chamuyás vos, amiguita. Se ríe. La primera sonrisa de la noche. María es intensa. María te hace sentir en minutos lo que otras personas en meses. Me asusta. No te encariñes conmigo, hoy estoy, mañana no sé. María sabe.

Un sueldo fijo y algún que otro ingreso extra cada tanto. A María no le alcanza la plata. El alquiler por las nubes, las expensas también. Piensa en mudarse dentro de poco. Se deprime al ver que se acaba el año y no pudo cumplir con ninguno de sus objetivos. Y para colmo se vienen las fiestas. A ella no le gustan. Tiene vagos recuerdos de aquellas navidades del conurbano, con su familia numerosa. Cuando eran todos felices y ella una niña sin responsabilidades. La familia ya no es la misma. Cada uno hace la suya. María prefiere estar sola y terminar la noche en algún boliche o bar que abra después del brindis. Lo único que extraña son los baldes de ensalada de fruta que preparaba su madre.

Esta vez piensa resignarse. No puede gastar en regalos para nadie. Ni vacaciones tiene planeadas. Alguien le escribe para hacer algo a la noche. Ella inventa una excusa para decir que no. Sigue deprimida. Nadie la entiende. Un amigo le dice de ir un rato al río. Le da paja. Ya van dos series que arranca y deja por la mitad. A María le hace mal diciembre, y ella es su propia cárcel. Violenta, impredecible, intrigante. A María la dirige Tarantino.

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Damián Quilici

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