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Mi último deseo

I

—Las mejores empanadas las hace mi vieja en Pacheco— le comenté en una publicación de Instagram.

—Estás equivocado, las mejores están en el oeste— respondió.

Mi objetivo ya estaba cumplido, sólo quería que reaccionara a mi interacción. Dejé pasar unos días y ella me comentó una foto en la que estaba con mi perro: “ay ¿cómo se llama? Es muy parecido al de mi hermano”. No pasaron ni diez minutos y estábamos hablando por chat privado, contándonos de nuestras vidas. Ella era muy popular en esa red social.

Che, algo me dice que vos y yo nos vamos a re cagar de risa juntos, ¿no te parece que nos merecemos una birra, ya? Le dejé el mensaje para que lo lea al otro día. Obtuve un sí rotundo que para mí fue como el gol de Palermo a Perú en las eliminatorias del mundial 2010.

Sólo quedaba coordinar el día y el lugar. Un punto en común, ya que el lejano oeste me quedaba a trasmano y ella no conocía la zona norte profunda. Mientras tanto nos seguíamos conociendo, las charlas eran cada vez más extensas y de a poco cada uno iba desnudando el alma.

Ese momento donde uno abre un poco el corazón y empieza a contar detalles íntimos de su vida privada. Esas noches de desvelo que valen la pena. Un ida y vuelta de canciones dedicadas. Y unos audios largos a veces sin sentido, sólo para conocernos la voz. La cita era inminente.

La tecnología nos facilita todo, pero perdimos la capacidad de conectar emocionalmente a través de la mirada, en la charla frente a frente.

Los mejores amores no se buscan, se encuentran.

– II –

—¿Nos sentamos acá?

—No, vamos al lado de la ventana, me gusta mirar a la calle.

Yo había llegado unos quince minutos más tarde. Un poco porque estaba demorado y otro porque quería generarle ansiedad. La vi en la puerta de ese restaurante, mirando para todos lados, esperando que yo apareciera. Un mozo trajo la carta y nos sugirió un lomo salteado con no sé qué poronga. Los dos elegimos lo mismo: ravioles con salsa bolognesa.

Mientras esperábamos a que viniera, me tomé toda la gaseosa; ella pidió agua saborizada. Estaba preciosa, y un poco nerviosa. Rompí el hielo contándole una anécdota de mi infancia que le causó gracia. Después me llamó la atención la cantidad de sal que le echó al plato. Yo abusé un poco del queso, ya que no escatimaban con la cantidad.

Hace banda no tenía una primera cita. Toda esa previa de prepararse y ensayar frente al espejo frases que no vamos a decir y gestos que no vamos a hacer es lo más. La noche prometía.

Después de cenar le dije de ir a tomar algo a un lugar más tranquilo. Fuimos a una especie de cervecería artesanal. Apenas entramos le hice un comentario gracioso:

—Mi casa tiene la onda de este lugar.

—¿Cómo?

—Las paredes son de chapas, tiene ladrillos sin revocar, y también me siento en un cajón de cerveza.

—Jajaja, sos un tarado.

Un beso me sorprendió a la segunda pinta de birra suave de la noche. Ni me lo esperaba, pero ella tomó la iniciativa. En media hora subió tres historias a Instagram: una foto de lo que estaba tomando; una selfie ella sola y otra más diciendo que estaba cortando la semana. En ninguna me etiquetó ni tampoco hizo saber que estaba con alguien.

Yo en ningún momento agarré el celular. Las mejores historias quedan posteadas en mi cabeza.

Las redes sociales inmortalizan momentos, pero la vida es hoy.

– III –

Salir a conocer gente es una paja. Unos amigos me recomiendan que use Tinder. A mí me parece horrible eso de andar pre-seleccionando personas según el rostro. Ese submundo tecnológico de likes y chats para concretar una cita no va conmigo. Prefiero seguir en Instagram, que cada tanto me pongo a conversar con alguien. Así reaccionó ella, en una historia mía. Pensaba que era un fake ya que no tenía ninguna foto publicada y seguía a miles de cuentas.

—Me caes súper bien, pero no conozco tu cara, me incomoda.

—Agendá mi número, y la seguimos por ahí.

Me trajo recuerdos de aquellas salas de chat Terra. Donde nunca sabías lo que te ibas a encontrar. “Bebesita25” resultaba ser Orlando, de 58 años, de San Justo.

Le escribo y me responde; me estoy yendo a laburar. Me parece re bonita.

—Conozco muy poco Pacheco, sólo voy al Tropitango.

—¿Me estás jodiendo?

—Voy los sábados.

—Y yo los domingos.

Se inicia una larga lista de coincidencias en gustos variados. Comidas, signos, música, libros y mucho más.

Sube su primera foto al Instagram acompañada de una frase que escribí yo.

La historia es casi calcada. Nos empezamos a contar nuestro día a día sin habernos visto. Si no me escribe la extraño; ella también siente algo parecido.

Quiero verla personalmente y leerle los ojos, su postura corporal. Tips que aprendí estudiando programación neurolingüística. Me cancela las dos primeras citas, pero la tercera es la vencida y me pasa a buscar.

Bondiolita en la costanera. Alto plan. La miro fijamente a los ojos, y me encuentro. Me recuerda a la primera vez que conocí el amor, a los ravioles domingueros de mi vieja, a los consejos de mi abuelo antes de partir hacia una vida mejor.

Me recuerda, todos los días, que tengo que ser feliz.

 

 

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Damián Quilici

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