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Miso y perejil

Daniela y Solange tienen la misma edad. A los diecisiete años debutaron sexualmente. Escuchan los mismos cantantes de moda. Les gusta el trap, la cumbia villera y el rock nacional. Tienen hermanas menores en edad escolar y una familia unida. Miran los mismos canales de YouTube y ambas disfrutan la vida rodeadas de amistades. Viven en el mismo partido del conurbano bonaerense. Votan en el mismo colegio pero en distintas mesas. Pequeño detalle; Solange vive en uno de los barrios privados más caros de la provincia de Buenos Aires. Daniela, del otro lado del muro que divide el imponente country con la villa más olvidada de la ciudad. Una era niña en la época difícil de los finales del 2001. Si bien a sus padres les remataron propiedades y  perdieron dinero, pudieron salir adelante. La otra también era niña pero le tocó otra realidad: su padre, único sostén del hogar, se quedó sin laburo para esa navidad del horror que pasamos millones de argentinos.

Daniela conoció a su único gran amor en un boliche de la zona. Él también era de un barrio carenciado, hijo de obreros. Como todo noviazgo interbarrial, se amaban fuerte. Lo único que no faltaba nunca en esa relación era el amor. El techo de chapa, el caminito de cascotes, la falta de necesidades básicas eran el escenario de esta historia de fuego y pasión.

Lo de Solange fue más conservador. Conoció a su actual novio en la iglesia a la que sus padres concurrían cada domingo. Él era vecino, jugador amateur de rugby en el equipo zonal. Los viajes al exterior, la ostentación, los grandes lujos fueron el eje de este romance de nuevos ricos.

A Daniela el embarazo la sorprendió mientras estudiaba en el colegio nocturno donde soñaba con terminar la secundaria. Nunca se realizó un control ni se hizo un test. No le vino durante dos meses y los síntomas se lo confirmaron. No lo podemos tener, dijo él. ¿Y qué hacemos? Dijo ella. En la villa vecina, una enfermera de la salita ofrecía una salida al problema por unos pocos pesos. No era seguro. El método, menos. Las condiciones no eran las adecuadas, pero en la pobreza a veces no queda otra.

El embarazo de Solange fue accidental, se olvidó de tomar las pastillas. Su familia conservadora no iba a permitir la llegada de una criatura sin antes estar casados como (según ellos) dios manda. La decisión fue mutua. Él tenía un contacto en una maternidad exclusiva de Buenos Aires. Sólo había que reunir cierta cantidad de plata, en dólares. No fue gran problema. Los ahorros de ambos alcanzaban para cubrir los costos.

Daniela ingresó a la guardia del sanatorio con una hemorragia interna de gravedad. Las enfermeras la insultaban a pesar del dolor que ella sentía. Lo de Solange fue un trámite. Mientras volvía como si nada al barrio, Daniela se moría en una camilla de un hospital público. Solange, esa misma noche, publicaba en Instagram una foto de unos pasajes aéreos a una playa afrodisíaca. En el muro de Facebook de Daniela aparecían mensajes de aliento y pedidos de oración por su salud. Dos historias paralelas. Dos realidades diferentes. Una clase las separa. Un solo pedido: aborto legal, seguro y gratuito.

Poema a Daniela

Entró a mi vida sin golpear las manos. Conocía mis pasillos internos. Me abrazó una y otra vez. Sané. Me llevó a su mundo y me invitó a quedarme. Pero todo lo bueno termina al toque. Le pedí que se quedara una canción más. A veces nos encontramos en mis sueños para charlar un rato. Y todos los días que paso por la fuente de los deseos, tiro una moneda y pido por ella.

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Damián Quilici

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