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Recursos no tan humanos

Llegaba fin de mes y nadie estaba tranquilo en la fábrica. Diciembre siempre fue amenazante. Temíamos lo peor; quedarnos sin laburo para las fiestas. Había compañeras que eran el sostén del su hogar. Otros estaban endeudadísimos. Los que alquilaban sufrían doble. El sindicato siempre nos dejó tirados. Nos descontaban un porcentaje del sueldo todos los meses y ese dinero iba a parar a las cuentas del secretario general. Ellos sí vivían bien, nunca temieron por nada, nunca les iba a faltar laburo, si están perpetuados en el poder desde hace décadas.

Siempre me pregunté por qué somos tan sumisos ante patrones que no son patrones, ni mucho menos dueños de nada. Recuerdo que les teníamos miedo a los de Recursos Humanos. Sabíamos que llegaba el último día hábil del mes y Lucía, de veinticinco años de edad y dos de antigüedad en la empresa, te mandaba a llamar a su oficina con el supervisor. Luego de comunicarte que ya no tenías una relación laboral con la multinacional alimenticia, venía Raúl, el de seguridad, para acompañarte a buscar tus pertenencias al vestuario.

Otra forma de despido perverso era que te presentaras a trabajar y tu tarjeta no fichara en la entrada. No te dejaban pasar y te hacían esperar el telegrama en tu casa. El tipo que no te dejaba pasar, siempre por órdenes de sus superiores, cobraba la mitad de tu sueldo. Era un pobre al servicio del empresariado. Una especie de policía patronal. Sin armas de fuego. Solo con una planilla con los nombres del personal que no podía ingresar. Cuando eso ocurría, no precisamente eran milagros navideños. El fin de año es el más temido por la clase obrera.

La de recursos humanos

Después de tres estaciones, logra sentarse en el tren que la lleva de vuelta a su hogar. Cuando llega, es una mortal más. Lejos del trabajo burocrático y administrativo, se saca su uniforme y se pone la primera remera que encuentra en esa habitación desordenada. Casi nunca tiene tiempo para ella. O sí, pero prefiere dormir y olvidarse por unas horas de todos los problemas. Mañana será otro día, dice. Madruga. Su día a día es calcado. Se toma una cerveza apenas llega. No hay lugar para amores tibios. Ella va por todo: es linda, distinta, le gusta a todos, pero nadie la quiere. A veces nos queremos tanto a nosotros mismos que nos volvemos locos.

Se me vienen a la memoria ataques de llanto de compañeras en la garita de vigilancia. Tipos que pasaron la mitad de su vida produciendo riqueza a fuerza de trabajo, quedándose sin nada. Chupamedias que mandaban al frente a otros compañeros, llorando en el vestuario. Sueños e ilusiones rotas del trabajador. Maquinistas experimentados, que por la edad no pudieron volver a insertarse en el mercado, trabajando en alguna remisería. Compañeras calificadas vendiendo ropa en una feria. Eso es el capitalismo.

Somos desechos.
Somos poesía.
Somos un legajo.
Somos obreros con miedo.
Pero ese miedo va a desaparecer, lo sé.
Y ahí sí, agarrate, recursos humanos.

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Damián Quilici

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