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Rocío, una piba con la remera de Greenpeace

Las cosas para Rocío no vienen saliendo bien. Está cansada. No es la vida que soñaba en aquellos años de recitales, viajes y amistades que pintaban para ser eternas. La maternidad la encontró muy joven, inexperta y con traumas de la niñez. Un pasado oscuro que oculta y que solo deja conocer cuando entra en confianza. Criada en las calles de tierra de un popular barrio de zona norte, su infancia transcurrió entre muñecas, drogas y discos de los Stones. A veces se siente sola. No tiene ganas de conocer a nadie, tiene mala suerte; todas sus relaciones terminan de forma violenta. Parejas con adicciones, celos compulsivos, tipos que se creían dueños de su vida. Tiene un imán para los giles, como le gusta decir. Una hijita hermosa llena de amor es lo único que tiene en esta cruel vida. No le hace faltar nada. El pibe que la dejó embarazada la viene a buscar cada dos meses y se la lleva un solo día.

A Rocío le gusta el asado, el vino y el rock. Baila cumbia como las mejores. Sabe que está rota por dentro y aun así intenta no romper a nadie. Le pide al Gauchito todos los meses, que le tenga piedad y que la proteja siempre. Sus berretines le dan personalidad. Ella enamora con solo hablar. Le quedan pocas amigas, pero son las de siempre, las que se quedan en las malas. Sueña con mudarse, estar sola con su hija, con ser feliz. A veces las cosas no salen como uno quiere. Rocío parece haber salido de una canción de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Sus ojos claros son una frase de Spinetta y su boca un solo de guitarra de Skay.

Poema a Rocío.

Nos desvelamos todas las noches.
Es casi nuestro ritual secreto,
si el amor fuese ilegal,
ya estaríamos presos.

Todos los días suspiro fuerte,
ella lo sabe y redobla la apuesta,
me manda foto sonriendo,
cpmo si yo pudiera salir ileso de esa sonrisa.
Ella ilumina y arde,
como iglesia incendiada.
Nadie en el universo brilla tanto como vos, como para que el sol pierda protagonismo.

Las drogas la tuvieron a maltraer durante un tiempo. Estaba perdida, sin rumbo. Nos habíamos conocido gracias a las redes sociales. Yo también estaba pasando por un mal momento. Boludo, me hacés bien, me dijo un día. Y si, nos empezamos a armar de nuevo. La amistad más sincera de todo el condado. Una historia similar nos unía. A mí me encantaba dedicarle canciones todo el tiempo. Nuestro lugar en el mundo era una pizzería de mala muerte del barrio. Siempre Coca Cola de vidrio. A veces la pasaba a buscar por el laburo, era mesera de un importante restaurante. Recuerdo cuando me contaba del maltrato de los comensales de mucha guita. Según parece, tener buen poder adquisitivo y pagar impuestos no te hace buena persona.

Te admiro, compañera. Porque estás sola contra el mundo. Porque todo te cuesta el doble. Porque la vida te pone piedras y vos piloteás como las mejores. Porque esa sonrisa siempre activa y motiva. Porque en este mundo, si no peleás la re quedás. Porque sos la piba con la que quiero todo. Porque estás en esa canción que todos quieren escuchar. Porque el te quiero mucho más sincero salió de tu boca. Porque somos una historia con final abierto. Porque vamos a intentarlo una y otra vez hasta que valga la pena. Porque sos ese libro que leería toda mi vida

La historia de Rocío es casi universal. Miles de pibas que salen a pelearla todos los días. Teniendo todo en contra y pocas posibilidades de progreso. Pero ella no se rinde. Tiene demasiado amor propio. Compi, vos sí que andas bien, me escribe cada tanto. La retrato en un texto aunque no me alcanza. Debería ser un libro entero. Te deseo lo mejor, le escribí hace poco. Gracias, me contestó, a veces desear lo mejor aunque no estemos juntos es seguir amando un poco.

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Damián Quilici

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