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Byung-Chul Han

Odio, dinero y sexo: tres razones para leer al filósofo Byung-Chul Han en Argentina

Ilustración: Sukermercado

Byung-Chul Han tiene 60 años, nació en la ciudad surcoreana de Seúl y estudió en las universidades alemanas de Friburgo y Múnich. En la actualidad es docente en la Universidad de las Artes de Berlín. Ahí escribe los libros que fueron dándole notoriedad en los últimos años: En el enjambre, La sociedad del cansancio y La agonía del Eros, entre muchos otros.

Si nunca leíste ninguno, es probable que sí hayas visto en Facebook el título de una de las entrevistas más viralizadas de 2018: “Ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose”. La ironía es que Byung-Chul Han es el último pensador dispuesto a ser viralizado en Facebook. Y eso se debe a que, a su entender, Facebook y su modelo imperial de socialización a través del “Me gusta” es una de las causas de la angustia política, económica y sexual contemporánea.

Este detalle es importante, porque a diferencia de santurrones corporativos como Steven Pinker o cortesanos del dinero como Yuval Noah Harari (al que pueden ver conversando sobre el futuro de la Humanidad con Christine Lagarde en la sala de exposiciones del FMI), para Byung-Chul Han el siglo XXI no está definido por la “alegría”, el “optimismo”, el “progreso” ni las “oportunidades”, sino por la angustia.

Primera razón: la utilidad del odio

Ya sea bajo las formas de la disidencia o la confrontación, la negatividad es el núcleo central del pensamiento. A partir del gran filósofo alemán del siglo XVIII G. W. F. Hegel, Byung-Chul Han nos recuerda entonces que el verdadero entendimiento solo es posible si nuestras intuiciones y prejuicios son atravesados por una “dialéctica negativa”. En otras palabras, lo positivo no significa nada si no es enfrentado por lo negativo. Y ese es el motivo por el cual quien no sabe odiar, tampoco sabe amar.

¿Revolución de la alegría? ¿Festival de entusiasmo? ¿Comprensión universal a través de las redes? ¿Miedo y rechazo a la crítica? Según Han, todas estas fórmulas destinadas a estigmatizar la idea misma de conflicto forman parte de los mecanismos mediante los cuales el neoliberalismo nos impone las condiciones culturales necesarias para que nada ni nadie interrumpa los voraces sistemas de explotación y acumulación en marcha.

¿Y cuál sería el primer paso hacia esa interrupción? Por supuesto: un tiempo y un espacio dispuestos a la reflexión. El problema, señala Han, es que corporaciones como Twitter y Facebook (propietaria de WhatsApp, Instagram y otras) imponen cada día entre más de 2.200 millones de usuarios en todo el planeta un modo único de relacionarse que se fundamenta en dos elementos: un tiempo instantáneo y fugaz y un espacio virtual, y ambos están regidos por lo que se siente y no por lo que se piensa.

Si la condición para participar de las redes es sentir en lugar de pensar, ¿quién no puede formar parte? El problema, dice Han, es que esta norma para el imperio de los afectos no solo refuerza la extinción de la negatividad (ya que todo se reduce a apretar “Me gusta” y acumular “Corazones”), sino que también impone como única metodología de acción ciudadana la indignación. Pero lamentablemente, nos señala Han, no es recolectando firmas indignadas en Change.org o RTs en Twitter como operan los mecanismos políticos capaces de cambiar nuestra realidad social y económica.

Segunda razón: el lenguaje del dinero

¿Transparencia de la información? ¿Libre acceso a los datos? ¿Big Data y predicción algorítmica? En una época sin tiempo para el entendimiento, nos dice Byung-Chul Han, la máxima condición para abandonarnos a la “pospolítica” y la “posmetafísica” es entregarle el destino de nuestras conciencias al lenguaje vacío de la eficiencia numérica. ¿Y qué es toda esa “información” sino pura positividad?

Ver el mundo, nos recuerda Han, no es lo mismo que captar el mundo. Y es por eso que este “lenguaje de la eficiencia” para el que solo cuenta lo aditivo, lo contable y lo numerable avanza sobre cualquier otro lenguaje capaz de brindarle a la información el espesor de un sentido. Sin una negatividad dispuesta a confrontar la mera información numérica y dotarla de un sentido hecho con ideas y palabras, estamos condenados a convertirnos en “máquinas de rendimiento autista”.

Trasladada al mundo del trabajo, la falta de negatividad se convierte en el eje del discurso perverso de la autoexplotación. ¿Self-management? ¿Emprendedorismo? ¿Ser nuestros propios jefes? ¿Manejar nuestros propios tiempos? Estas ideas no solo borran el principio de una intervención estatal sobre cualquier proyecto económico nacional y le ceden todo el poder de decisión y acción al capital privado. También instalan un falso sentido de emancipación individualista del mercado. Y en consecuencia, dice Han, las personas enfrentan el grave problema de intentar vivir como si fueran una empresa.

Obligadas a exhibir y realizar tareas que reflejen una productividad dispuesta a funcionar todo el tiempo, este modelo de “autogestión” reduce a las personas a meros “sujetos del rendimiento” atrapados en un exceso de positividad. ¿Y que son la depresión, el burn-out, el estrés, el déficit de atención y el desgaste ocupacional sino enfermedades de la falta de negatividad? Ante un coro que grita “¡Sí, podemos!”, nos dice Han, deberíamos ser capaces de recordar la famosa frase literaria de Bartleby: “Preferiría no hacerlo”.

Tercera razón: el sexo y el amor

Cuando se trata de la experiencia contemporánea del sexo y el amor, es la misma lógica impuesta por las redes sociales la que nos lleva a un “exceso de oferta de otros” que coloca en crisis nuestra propia identidad y erosiona nuestra capacidad de relacionarnos. El problema, insiste otra vez Byung-Chul Han, es la falta de negatividad: en el infierno de lo igual, no puede haber ninguna experiencia erótica.

Uno de los efectos de esta “agonía del Eros” es el enorme incremento del narcisismo, ya que la libido se vuelca a la propia subjetividad. Y en este punto, Han añade otra aclaración importante: el narcisismo no es ningún amor propio, porque el sujeto del amor propio siempre marca una delimitación negativa frente a los otros y en favor de sí mismo, mientras que el sujeto narcisista nunca puede fijar claramente sus límites. ¿Me gusta porque le gusta lo mismo que a mí? ¿Lo escucho porque habla como yo? Este es el mundo amoroso del narcisista típico, incapaz de reconocer el mundo como otra cosa que proyecciones de sí mismo.

Sin la posibilidad de amar, entonces solo queda la posibilidad del sexo. Pero también la sexualidad se transforma en un “dictado del rendimiento” cuando, incapaz de afrontar cualquier negatividad, se “positiviza” bajo el rasgo único de la seducción. ¿De qué nos hablan todas esas selfies en Instagram, entonces? De un narcisismo más dedicado a medir su rendimiento que a enamorarse o tener relaciones sexuales.

Convertidos en objetos sexuales parciales e incapaces de sostener una personalidad sexual real, fóbicos a los riesgos inherentes del enamoramiento e incluso atrapados por el miedo a las consecuencias del sexo, lo que queda es una cultura del porno que “profana todo erotismo”. Y sin Logos ni Eros, idiotizados, autoexplotados y castos, lo único que continúa en marcha es un mundo en las mismas manos de quienes lo controlan siempre.

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Nicolás Mavrakis

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