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Babasónicos en vivo: trincheras bailables

Adrián Dárgelos le pidió a la canción que lo llevara lejos (“El colmo” del músico)  y acá está, seduciendo con gestos mínimos desde arriba del escenario del Movistar Arena, totalmente inalcanzable. Efectivamente, sus sueños se cumplieron: llegó lejos montado encima de estribillos imperecederos y que ya están dentro del canon exquisito del rock argentino. Alguien atendió sus plegarias. Dijo Truman Capote: “Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por aquellas que permanecen desatendidas”. Puede que esto sea falso porque Dárgelos no derramó ninguna lágrima y no paró de sonreír ni un minuto en este recital. Pero no se trataba de una risa de satisfacción vacía porque la fama no tiene ningún valor real para esta banda: era la sonrisa de alguien que entiende que su misión está en proceso, está en camino, sigue su rumbo en estas condiciones de visibilidad. Que el complot de los forajidos (¿de los pendejos?) llegó a una zona de aceptación razonable y es ahí desde donde mejor se interviene el tiempo que les toca existir como grupo reconocido a nivel global. Babasónicos, tal como los vimos en los recitales de este viernes y sábado en su mejor nivel, demuestra que se puede evolucionar y crecer con dignidad, espíritu lúdico y salud mental. Y que ninguna revolución está demasiado lejos del baile. Entonces, la revolución siempre es la revolución de los cuerpos.

Babasónicos presentó Trinchera pero también se trató de algo más: hacer una apuesta de fe en nombre del erotismo, el trance físico y la dialéctica propia. Por eso fue notable el arranque con Bye Bye y Los calientes: en esos dos límites (algo une Jessico a Trinchera: derribar el miedo a la fugacidad, lo eterno puede durar un polvo, desprecio de la responsabilidad afectiva, aceptar el tiempo como lo inasible) se perfila el modo en el que Babasónicos entendió su territorio, su zona de acción en el siglo XXI. Es decir: una sonoridad epidérmica y afilada, lírica y narrativa volcada a la sensualidad, enfoque preciso de la propuesta a mostrar. Crearon obra y una retórica, rock y meta rock, mutación y confundismo. Y esto es parte de una herencia que arranca con Virus y sigue hasta Miranda y avanza hasta nuestros días. El eslabón Babasónicos entonces le suma varias pistas de despegue hacia la exploración mental: caos de conurbano, éxtasis psicodélico, referencias que mezclan una cultura vasta que excede el marco musical, y una lectura sobre la experiencia rockera como trascendencia social contra-hegemónica. 

Babasónicos es una banda sugestiva (“quiero que pensemos la pregunta”) y con muchísimo de confrontación respecto de las leyes que maneja la realidad. Jamás favorecieron la honestidad porque para crearse hay que buscar en otros lugares más riesgosos. Y desde ese lugar (perfecto, veloz, luminoso) es responsable de crear un territorio de fantasía que muchas veces no tiene nada de agradable: “A veces me echan de mi propia casa/Una hora antes que me lo merezca” en La pregunta; “Cuidado, no te acerques así/O tu cosita puede terminar/Protagonizando otro drama” en Cretino; “Será trabajar como un cabrón para ganar como un pendejo” de Así se habla; “Me vine sabio en boicotear/Y con el tiempo fui aprendiendo a ser robot” en Yegua; “¿Quién va a defenderte de mí?” en La pregunta, entre otras que cantaron en el recital.

Lo de Babasónicos, en términos de experiencia y propuesta de su show en al Movistar Arena, es utilizar todas las herramientas técnicas para que la aventura sí favorezca el viaje mental. De algún modo filtran películas imaginarias en tu cabeza.

Babasónicos, de este modo, va hacia el placer desde un lugar dotado de complejidad, contradicción y establece una nueva sentimentalidad: áspera, implacable, nada frágil. Pero todo esto es en nombre de crear un espacio de fantasía, de personificación, de performatividad. Es por eso para comprender esto hay que hacer el link con el Dárgelos lector de ciencia ficción y el género fantástico. Es decir: se trata de operar sobre la realidad (lo chato, lo llano, lo desangelado) y utilizar el artefacto canción para mostrar otras formas de existencias, otras formas de sentir, otras formas de transitar los días en el planeta tierra. La disidencia (“Déjame que rechace tu proyecto/No se me da bien la plenitud” dicen en Mentira nórdica) está en el gen babasónico.    

Lo de Babasónicos, en términos de experiencia y propuesta de su show en al Movistar Arena, es utilizar todas las herramientas técnicas para que la aventura sí favorezca el viaje mental. De algún modo filtran películas imaginarias en tu cabeza. Tal como lo hace el libro Llanto verde (Sigilo) de Marcelo Cohen (amigo y uno de los escritores favoritos de Dárgelos) que acaba de aparecer en la mesa de novedades. Un libro donde se cuentan una serie de películas del Delta Panorámico, una zona inventada por Cohen. La utilización que hace Cohen del lenguaje (el crear neologismos y palabras nuevas) es totalmente sensual y provocativo. Logra torcer el vínculo con el cotidiano para que el lector ingrese a un nuevo lugar donde las normas son otras, la vida transcurre en momentos distintos. Y es así como trabaja Babasónicos: en crear sus propios códigos y sonidos (la banda en este momento es impecable y madura) para volverse reconocibles y en el mismo movimiento trastocar los sentidos, la orientación clara y volver creíble y verosímil el universo babasónico. Logran eso: llevar al público a su territorio, envolverlos de nuevas perspectivas y cosmovisiones, encantarlos y luego devolverlos a la devastadora vida real. Ver a Babasónicos en vivo es hermoso. Y terrible una vez que termina.  

El recital empezó y terminó con Bye Bye, de Trinchera. Esa circularidad fue la delimitación de la pista de baile porque es así como se enfrenta la muerte: poniendo el cuerpo en marcha.          

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