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Bolivia y la democracia: ¿cómo se sigue?

Es de público conocimiento lo que sucede en Bolivia desde hace casi un mes: algunxs querrán disfrazarlo de “conflicto interno” o, incluso, de vuelta a la democracia luego de la “dictadura de Evo”. Pero la mayoría del pueblo boliviano y latinoamericano, y todo aquel que conozca las cifras del progreso económico y social que ha tenido el país vecino y que tenga conciencia histórica sobre los fantasmas que acarrean las naciones sudamericanas, con ejércitos y élites tomando el mando del gobierno, sabrá reconocer que en Bolivia hubo un golpe de Estado.

Gobierno de sangre

Ahora bien, ¿cómo se continúa luego de una interrupción a la democracia tan evidente? ¿Acaso es válido aceptar la autoridad de una presidenta que se autoproclamó en una sesión legislativa que no tuvo quórum en ninguna de las dos cámaras? El uso brutal de las fuerzas policiales y militares para reprimir a la población no permite siquiera la formulación de esta pregunta: Jeanine Áñez, la presidenta autoproclamada, debe ser respetada y tratada como una gobernante legítima. Cueste lo que cueste.

Para lograrlo, se censuró a la prensa nacional, se  amenazó a medios de comunicación y delegaciones extranjeras (especialmente de nuestro país), se detuvo a más de 1500 personas, otras 800 resultaron heridas y, al día de hoy, se contabilizan 38 muertos. En una frase, el gobierno de facto de Áñez es responsable de una “masiva vulneración de los derechos humanos”, como declaró Paulo Abrão,  secretario ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

Ilustración: Emiliano Ciarlante

Los mismos de siempre

La historia y la memoria permiten entender nuestro presente: esta frase se repite hasta el cansancio, y el caso de Bolivia es uno de los tantos que la ratifican. En 1492 -evangelización y genocidio de por medio- los españoles se adueñaron de Latinoamérica y sus recursos (“ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra”, diría Eduardo Galeano).

En 2019, el pueblo boliviano tenía el litio y la autonomía nacional, y vieron cómo la Wiphala se prendía fuego y se reinstalaba la Biblia en la Casa de Gobierno. “Para que Dios vuelva al Palacio”, en palabras de Luis Fernando Camacho. De forma muy similar a las dictaduras de los ‘60 y ‘70, la élite boliviana, que comparte la tradición golpista con casi todas las demás élites latinoamericanas, encontró su oportunidad para regresar al poder aliándose con las fuerzas militares y policiales, la Iglesia (esta vez, las evangélicas), la oposición y, por supuesto, el apoyo incondicional de Estados Unidos. Se trata del mismo sector privilegiado que hace unos siglos cultivó su riqueza familiar a costa de sangre aborigen, y que se vio potenciado a raíz del neoliberalismo de fines del siglo XX.

En todos estos procesos hay un denominador común: la única sangre derramada es la popular e indígena, y los beneficiados son los mismos de siempre.

Mauricio Bustamante: “La quema de la wiphala es la imagen del tinte racista del gobierno de facto”

Memoria, verdad y justicia

¿Es que acaso en pleno siglo XXI, luego de un siglo cargado de sangre, terror(ismo) y muerte, corresponde ‘hacer la vista gorda’ frente a una gobernante de facto agradecida a las Fuerzas Armadas por su “oportuna participación” y a Dios por “el logro de la ansiada pacificación”? ¿Deberíamos simular que no fueron más que leves incidentes y esperar en paz el llamado a elecciones en 2020, aunque se prohíba de forma explícita la participación de Evo en las mismas?

Morales, desde el exilio, llamó a “no olvidar a los muertos”. Es un pedido significativo y necesario ya que en Latinoamérica la memoria histórica suele ser, en cierto punto, laxa: a excepción de la Argentina, el reconocimiento institucional de los crímenes de lesa humanidad y los juicios y condenas a los genocidas del siglo XX fueron escasos, por no decir nulos.

El neoliberalismo destruyó una y otra vez la región, y sin embargo gran parte de la población sigue cayendo en sus mentiras. La historia demostró que la mayoría de los procesos políticos justificados y legitimados por medio de la Biblia terminaron en violencia, y aún así muchxs apoyan a los candidatos por recomendación de sus pastores.

Los golpes de Estado, los gobiernos de la Biblia y el saqueo de las políticas económicas neoliberales siguen siendo admitidos y/o apoyados  por una parte de la población latinoamericana, la cual ignora o quiere olvidar los efectos que tuvieron en la historia reciente.

La revisión histórica, política y económica para la región, entonces, es urgente: ya no vale preguntarse qué candidato es más carismático o cuál parece más prometedor. La cuestión es: ¿qué tipo de democracia buscamos? ¿Una burguesa, dependiente del norte global? ¿O un modelo política y económicamente autónomo, que bregue por la igualdad real entre todos los ciudadanos?

¿Vamos a seguir repitiendo los mismos errores una y otra vez?

 

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Natalia Gherardi

Nació en el año 2000. Es ex-alumna del Nacional Buenos Aires y estudia Sociología.

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