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Christine Lagarde, Madame la Présidente

Christine Lallouette (algo así como “Cristina La Alondra”) es la hija mayor de dos universitarios franceses, ambos católicos practicantes. Después de una infancia apasionada por la natación sincronizada y signada por la temprana muerte de su padre -cuando ella tenía 16 años-, Christine Lagarde se fue becada a Estados Unidos donde muy joven trabajó como pasante en el Capitolio y fue asesora de un parlamentario republicano que terminaría siendo ministro de defensa de Bill Clinton.

De regreso en Francia hizo un master en inglés y otro en derecho comercial, tras fracasar en el intento de ingresar a la Escuela Nacional de Administración, la por entonces única entrada posible al universo de la burocracia estatal de élite. Esas dos orientaciones que eligió la futura presidenta -del FMI- marcarían su futuro profesional y terminarían por abrirle, en una nueva época de declive del sentido de lo público, las puertas de un plan de carrera en la más alta burocracia política de su país primero y del planeta poco después.

 

Desesperación ascendente

Cuentan quienes no la quieren que, ambiciosa y tras reprobar el ingreso a la E.N.A., diseñó un “estrategia de ascenso profesional y político” que, por lo menos hasta su encuentro con Nicolás Dujovne, viene cumpliendo a la perfección. Además, es una trabajadora las 24 horas del día, dispuesta a sacrificar su vida personal, vivir lejos de sus hijos y ver naufragar su matrimonio con Monsieur Lagarde, con quien tuvo dos niños, ambos ahora mayores de edad.  

Poco después de graduarse, Christine ingresó a la oficina parisina del estudio de abogados de negocios más famoso del mundo, Baker & McKenzie. Allí hizo carrera durante 25 años y llegó a la presidencia del comité ejecutivo mundial en 1999, con 4600 colaboradores a cargo en 35 países y los casos más resonantes del mundo de los negocios. En 2005, la derecha francesa la convenció de abandonar Estados Unidos y volver a Francia para formar parte del gobierno de Jacques Chirac.

Su sueño de integrar la alta burocracia de élite comenzó a hacerse realidad entonces y, tras la victoria de Sarkozy en 2007 y un breve paso por el ministerio de Agricultura y Pesca, llegó al ministerio de Economía, Finanzas y Trabajo. Allí se quedaría cuatro años, hasta conseguir el salto a su puesto actual en el FMI, en el que fue reelecta en 2016.

 

Abstemia, enyoguizada y adicta a los M&M

Lagarde es famosa por combinar las políticas más terminantes y obcecadas con unos modos propios de su educación en el seno de las elites globales. Nunca se la nota nerviosa ni estresada y puede pasar noches enteras en negociaciones entre Estados y acreedores, tal como lo demostró durante la crisis griega. Uno de sus más cercanos colaboradores dijo que durante esas reuniones solo dos tipos de personas pueden salir sin cansancio aparente: los italianos, que siempre parece que salen de darse una ducha, y Madame Lagarde, que siempre termina la maratónicas reuniones fresca como una flor.

El secreto para mantenerse alerta es quizás una de las complicidades que la acercó al ministro de Economía argentino. Lagarde es vegetariana y no toma alcohol, hace yoga todas las mañanas y no duda en hacer ejercicios de stretching entre dos reuniones, aún si está vestida con el más caro de sus tailleurs. Pero tiene una debilidad, le encantan los chocolates chatarra M&M. Cuando entra a una reunión los esconde bajo sus carpetas y se come sistemáticamente uno por hora. “En su lado de la mesa el diálogo es siempre amistoso y confianzudo”, declaró hace poco uno de sus secretarios. “Es cierto que ella distribuye M&M a su alrededor y eso crea un ambiente menos tenso”.

Claro, con ese mismo estilo, al finalizar una reunión dura, Lagarde te puede acorralar y decirte con una sonrisa que no tenés otra alternativa más que aceptar el programa del FMI, como crudamente lo relató Yannis Varoufakis en su extraordinario libro Adults in the room.

 

Recta como los barrotes de un calabozo (del que zafó)

Ah, y nunca admite contradicciones. A diferencia de quienes participan en ese tipo de negociaciones, Lagarde toma notas de todo lo que se conversa. Lo hace ella misma en sus cuadernos de tapa blanda que se hace traer desde Francia. Ella dice que anotar le sirve para focalizarse en lo que se está negociando. Pero también “evita malentendidos”. Que nadie se atreva a evocar un monto diferente al conversado, porque la directora del FMI busca inmediatamente la página de su cuaderno donde quedó registrado el número y punto final a la conversación.  

Su único flanco débil es tal vez su compañero desde hace ya más de una década. Xavier Giocanti es un empresario del sur de Francia que tuvo ambiciones políticas y fue nombrado en más de una oportunidad como candidato a presidir el Olympique de Marsella, el club de fútbol más popular de Francia. Se desempeña como consejero de grandes millonarios en optimización fiscal, un eufemismo de la más lisa y llana evasión.

De allí, y de sus ambiciones políticas, habría venido la única mancha de Christine a lo largo de su carrera: una condena por no haber controlado una mega estafa de Bernard Tapie, el barón negro del Marsella, al banco Credit Lyonnais cuando ella era ministra de Economía. Afortunadamente para Madame, la condena le llegó al mismo tiempo que la reelección a la cabeza del FMI y, además de no encarcelarla, se decidió no hacer figurar la condena en sus antecedentes debido a “su estatura de funcionaria internacional”.

Ilustración: Emiliano Ciarlante

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Christian Salamon

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