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diciembre 2001

¿Cómo sobreviviste a las crisis económicas?

Hay una anécdota recurrente en mi familia cuando se habla del final del gobierno de Alfonsín. En realidad dos, y ambas se relacionan con la crisis de la hiperinflación.

La primera: muy temprano a la mañana, mi mamá trota diez cuadras por el barrio de Montecastro empujando el cochecito donde viajo yo, para llegar hasta el Hogar Obrero donde vendían leche mucho más barata. Corre temprano porque a la tarde remarcan los precios.

La segunda: yo empecé usando pañales descartables, pero para el pico de la híper ya mis viejos lavaban pañales de tela. También hay anécdotas sobre una especie de calzón de goma -el cual agradezco no recordar-, porque los pocos paquetes de pañales descartables que se compraban por mes era mejor reservarlos para días en que había que estar todo el día afuera de casa.

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Todas y todos tenemos un par de crisis adentro. Pero lo que a veces cuesta recordar con total dimensión es cuántas veces nos centrifugó una catástrofe de esas enormes y periódicas que arrasan la economía argentina. Una de esas como la que hoy se asoma lenta pero constante, luego de casi cuatro años de mandato de Cambiemos.

Tengo la sensación de que quienes no estudiamos Economía ni terminamos de comprender todas las variables que la definen, la manera de comprender ese foco de la historia argentina de “los últimos setenta años” (leitmotiv macrista del semestre) es a través de anécdotas mínimas, trágicas o cómicas. Relatos de cómo braceamos para mantenernos con la cabeza afuera del agua.

Estos son algunos de los que junté en los últimos días.

Alejandro: “Era ya enero de 2002. Había una paranoia con los secuestros, la tele bombardeaba con informes sobre esos casos todos los días. Paré con el auto en un semáforo. Había unos tipos, tres, cuatro, en una esquina. Miraron hacia donde estoy. Arranqué a pesar del rojo, me asusté. Apenas cruzo, un policía me frena para hacerme la multa. Lo terminé coimeando con Lecops”.

Roxana: “Íbamos al cine los miércoles, porque estaba a mitad de precio ($2 cada entrada). A la salida nos sentábamos a compartir un tostado y una Coca en el bar de enfrente, aprovechando que ahí desde siempre tienen la tradición de servir como canapé de cortesía unos cuadraditos de sánguches de miga. Era la gran salida semanal”.

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Fui a ese colegio que es como el Nacional Buenos Aires o el Pellegrini, pero con uniforme. Entré en 2001, mis viejos docentes de escuela pública. Me cuentan en un audio de WhatsApp sobre el trámite estigmatizante que impusieron para quienes pagaran la cuota mensual en cuasimonedas.

“Tenías que traer una nota dirigida a la comisión directiva en la que explicabas el origen y la razón por la que tenías que pagar con Lecops en nuestro caso, porque a mí el estado de la Ciudad me pagaba con eso. Había que mendigar que te los aceptaran”.

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Mario: “Mi hijo nació en diciembre de 2002. Durante el embarazo con mi mujer medio que armamos un régimen alimentario en el que ella comía vitaminas y proteínas y yo no. Comprábamos carne y pollo pero lo comía sólo ella, mientras yo le entraba a la papa, al arroz con salsa. Lo que fuera que llenara”.

Genaro: “Me morfé la indemnización del laburo del que me echaron en 2001. Arranqué a hacer prensa de obras de teatro independientes y a veces me pagaban en patacones o lecops. Una vez me quisieron pagar con latas de birra. No agarré, pero hoy lo pienso y un poco me arrepiento”.

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Lecops, patacones, encuentros de trueque, el chino llorando en la pantalla de Crónica al que le acaban de saquear el supermercado, 43 muertos por la represión, el helicóptero. El gran miedo atávico de la clase media actual es volver a ese caos de 2001.

No logro que me cuenten caos anteriores, el Rodrigazo, la inflación de la dictadura. Pregunto a gente más grande, pero con todos y todas pasa lo mismo. En lugar de caer en recuerdos concretos, lo único que logran son conclusiones un poco grandilocuentes y casi siempre moralistas sobre qué clase de país somos, sobre que siempre es lo mismo. Me rindo con esa parte del siglo XX.

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Pregunto por Twitter. Alguien que no me sigue y tiene uno de esos usuarios un poco extraños como @Carlos344566 escribe: “Vendí una moto BMW con sidecar por 300 pé. Real.” Elijo creer.

Pablo: “Mi viejo siempre tuvo dos laburos. Siempre. Algo relacionado con la enfermería. Pasó de laburar en servicios médicos de empresas a freelancear para el Hospital Británico atendiendo viejos, enfermos y heridos a domicilio. Bañaba gerontes y heridos de bala. A todos lados iba en ese Renault 12 Break modelo 78 que lo dejó a pata más de una vez. Desde Lanús y Banfield hasta La Lucila sin escalas. Yo iba al colegio y lo veía recién a la noche tarde, muy tarde cuando llegaba. A veces ni aguantaba despierto para verlo. Tengo ese recuerdo imborrable: mi viejo laburaba tanto que lo veía muy poco.”

¿Y vos cómo hiciste, cómo venís haciendo? ¿Cómo zafaron tus viejos, tu familia, tus amigos? Contanos.

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Sebastián Rodríguez Mora

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