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¿Por qué tememos tanto a las drogas recreativas y confiamos ciegamente en los laboratorios?

Marc Lewis es un neurólogo especializado en la psicología del desarrollo conocido especialmente por abordar el problema de la adicción desde un libro que narra en primera persona su experiencia como adicto por años. Afirma que la adicción no es una enfermedad neurológica crónica, a diferencia de lo establecido y difundido por la medicina actual, sino un desorden del comportamiento que sólo puede ser solucionado por medio de la motivación y fuerza de voluntad propia. Uno de los fundamentos es que la adicción no surge de un día para el otro, sino que se va gestando y creciendo a lo largo del tiempo, en una secuencia de repetición de acciones que se vuelven hábitos.

 

La separación entre las drogas de farmacia y las “recreativas”

Según Lewis, muchxs adictxs expresan la necesidad de que se continúe considerando la adicción como una enfermedad porque esto es lo único que puede evitar -o al menos disminuir- la denigración y violenta estigmatización que la sociedad ejerce sobre los consumidores de drogas ilegales.

Justamente en este punto la sociedad establece una arbitraria separación y diferenciación en el universo de las sustancias: las llamadas “drogas de uso recreativo” son vistas bajo el ojo de la moralizadora y paternalista lupa social como uno de los peores males de la actualidad, mientras que aquellos fármacos recetados por los médicos, más allá de los graves efectos secundarios y nivel de dependencia que puedan generar, son tolerados casi sin excepción.

Lo mismo ocurre con el miedo a la adicción que está tan generalizado entre los que se oponen a la legalización de ciertas drogas y políticas de reducción de daños, medidas que flexibilizarían la actual política prohibicionista. Mientras que el riesgo de convertirse en un adictx  funciona como argumento para proscribir el uso de “drogas recreativas” -entre las que se encuentra la marihuana, con un 2% de riesgo de adicción tras un año de consumo-, no se presenta oposición alguna a las frecuentes recetas de ansiolíticos, antidepresivos, medicamentos para tratar el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (ambos diagnosticados constantemente en el último tiempo) y fuertes analgésicos -entre los que se incluyen opioides-, siendo todos estos fármacos de los que se sabe que también producen adicción.

Sin superar los miedos, prejuicios y generalizaciones que suelen acompañar a las drogas que actualmente son ilegales, es imposible la realización de investigaciones verdaderamente profundas y objetivas acerca de los reales beneficios y efectos negativos.

Marc Lewis
Marc Lewis, neurobiólogo

Prohibimos sustancias milenarias y las reemplazamos por pastillas ineficientes

En la historia de la humanidad, el uso de drogas para aliviar tanto el dolor físico como el emocional es constante. El opio, por ejemplo, ya se usaba en la cultura egipcia, y figura en el más antiguo tratado de medicina que data del 1550 a. C.; era usado como analgésico pediátrico, pero también para aliviar las angustias de los adultos. En la Antigua Grecia y Roma, Galeno, uno de los referentes de la medicina occidental, aconsejaba el uso de la triaca, preparado polifármaco compuesto por varios ingredientes, incluido el opio, para tratar distintas dolencias y malestares entre los que se encontraban algunas de origen psicológico, como las pesadillas y los delirios.

Los beneficios del uso de esta planta siguieron siendo reconocidos en la Edad Media e incluso en la era contemporánea; actualmente su uso, a excepción de ciertos analgésicos, está  prohibido casi en el mundo entero.

Lo que ocurre con el opio se repite con una infinidad de sustancias que históricamente fueron usadas por distintas culturas para aliviar el sufrimiento emocional y comprender un poco más la complejidad de la psiquis: la hoja de coca, los psicodélicos naturales como la ayahuasca que posibilitan la introspección total, los hongos alucinógenos y la marihuana.

Damos la espalda a un gran número de sustancias -muchas de ellas de origen natural como plantas, raíces y hongos- que fueron utilizados por cientos de años en todas las regiones del planeta, desde América hasta Egipto pasando por la Grecia Antigua. Simultáneamente, tomamos como sagrada la palabra de los laboratorios y olvidamos que allá por 1916, en pleno auge del uso de la cocaína, los laboratorios, casi a plena luz del día, promovían la compra de esta sustancia tan odiada actualmente mediante folletos en los que se leía “No pierda usted tiempo, sea feliz: si se siente abatido, escriba hoy mismo y se le enviará un alcaloide que puede evitar los sufrimientos”.

Consentimos y posibilitamos que esos mismos laboratorios multinacionales acumulen cada vez más riqueza vendiendo antidepresivos de escaso efecto terapéutico real, pero que causan adicción y dependencia, así como efectos secundarios que podrían agravar el cuadro de depresión tales como disfunción sexual, aumento de peso e incluso ideación suicida, sobretodo en los pacientes más jóvenes.

El sufrimiento ligado a la existencia humana existió y existirá siempre, así como la necesidad de aliviar ese dolor emocional. De la misma manera, la afición por los extremos, la adicción, también es inherente a la condición humana:  obsesionarse con una persona, actividad o sustancia no es poco común, y los adictos al juego, al sexo, a la comida, al alcohol y al tabaco también han existido desde que el humano vive en sociedad. Sin embargo, la única adicción a la que la sociedad responde de manera violenta, paternalista y prohibicionista es a las drogas ilegales.

No permitir el uso voluntario de sustancias que alivian el dolor emocional y, en muchos casos, permiten hacer una introspección para comprender y sanar las heridas de cada sujeto, supone una grave falta de respeto a la libertad y al derecho a la búsqueda de felicidad que encauzan todos los seres humanos.

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Natalia Gherardi

Nació en el año 2000. Es ex-alumna del Nacional Buenos Aires y estudia Sociología.

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