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¿Por qué un millenial debería ser socialista?

La semana pasada, el histórico periódico liberal The Economist la dedicó su tapa y una larga nota al “socialismo millenial”.  Si bien está enfocado en la situación de Inglaterra y los Estados Unidos vale la pena leerlo para sondear alternativas aquí abajo en Sudamérica.

The Economist se centra en la figura de Alexandria Ocasio-Cortez, la jovencísima diputada del Bronx que se define como “demócrata socialista”. Con 29 años, AOC, como se la llama en las redes sociales, representa para The Economist a una generación que no llegó a conocer al socialismo soviético en tiempo real, que creció bajo la expansión de la globalización y que salió al mercado justo durante la crisis de las subprime en 2008.

Hoy esa camada no pretende renunciar a las ventajas de una economía de mercado pero es más escéptica que sus padres respecto al capitalismo. Según Gallup, el 51% de los norteamericanos entre 18-29 años tiene una mirada positiva del socialismo. En las primarias norteamericanas de 2016 los votantes jóvenes del candidato socialista Bernie Sanders superaron a los de Trump y Clinton juntos. En Francia, un tercio de los votantes menores de 24 años eligió al veterano izquierdista Jean-Luc Mélenchon. Sin embargo, The Economist señala que el “socialismo millenial” no es una cuestión de juventud sino un momento cultural de los países anglosajones en donde entran la revista Jacobin, la película Sorry to Bother You, el estrellato de intelectuales como David Graeber o el difunto Mark Fisher, o momentos televisivos como este:

“El keynesianismo no alcanza”: tres opciones para distribuir la riqueza

A todo esto ¿a qué llama The Economist “socialismo”? A una preocupación compartida por la desigualdad social, el medio ambiente y el creciente poder de las elites por encima de los ciudadanos y las instituciones democráticas. El socialismo millenial se toma de los cálculos del economista francés Thomas Piketty para denunciar que el crecimiento económico de los últimos 30 años favoreció desproporcionadamente a los ricos, cuyas rentas crecieron más rápido que el PBI de sus respectivos países.

Para corregir esas desigualdades los millenials parecen dispuestos a ir más lejos que sus mayores. “El keynesianismo no alcanza”, dijo James Meadway, joven economista que asesora al laborismo británico.

Veamos el multiple choice millenial para distribuir la riqueza.

Opción 1) Impuestos, lo demás son pavadas

No hace falta ser muy original para sacudir el estancamiento ideológico neoliberal. El  carismático Rutger Bregman shockeó a la cumbre de Davos proponiendo sencillamente que los ricos hicieran menos filantropía y pagaran más impuestos: “This isn’t rocket science: taxes, taxes, taxes. All the rest is bullshit in my opinion”. Aumentar así la recaudación permitiría ampliar la oferta de servicios públicos que mejoren la vida del ciudadano común.

AOC propone un impuesto del 70% sobre los ingresos superiores a los 10 millones de dólares para financiar cortes drásticos a las emisiones de dióxido de carbono. Lejos de ser millenials pero a tono con los tiempos, los senadores Bernie Sanders (77) y Elizabeth Warren (69) proponen respectivamente un impuesto a la herencia y un impuesto personal a cada americano que supere un patrimonio neto de 50 millones de dólares.

The Economist, en nombre del liberalismo, llama “populismo punitivo” a este ensañamiento fiscal contra los ricos, al tiempo que duda de su eficacia: el impuesto de AOC puede recaudar 12 mil millones de dólares, apenas el 0,3 de la recaudación actual. Financiar los servicios públicos que les gustan a los millenials requerirá ampliar la base tributaria, es decir, cobrar más a más gente. Una píldora dura de tragar para el votante anglosajón promedio.

Opción 2) MMT: si no puedes recaudar, emite

La Teoría Monetaria Moderna (MMT por su siglas en inglés) propone que el Estado fabrique más dinero. “Un Estado monetariamente soberano es el proveedor monopolista de su moneda y, como tal, tiene una capacidad ilimitada para pagar los bienes que desee, honrar sus deudas y proporcionar fondos a los otros sectores. La insolvencia y la bancarrota de este Estado no es posible, siempre puede pagar”.

Los principales promotores de la MMT, Randall Wray y Stephanie Kelton, son escuchados atentamente por la izquierda del Partido Demócrata, a la que pertenecen Sanders, Warren y AOC. Sostienen que su teoría permitiría generar empleo, establecer un salario mínimo y bajar los impuestos. Del otro lado del Atlántico, el citado laborista James Meadway considera que la MMT es un disparate que lo único que generará es estanflación.

Otro cuestionamiento viene de parte de los ecologistas. Una política expansiva como la que propone la MMT (más empleo, más consumo) implica más actividad industrial, más uso de recursos naturales y más contaminación. El socialismo millenial deberá decidir si quiere tener trabajo o salvar al planeta.

Opción 3) Capitalismo para todes

Si los impuestos y la moneda son intocables, repartamos la plusvalía. Es la llamada “democratización de la economía”: combatir las jerarquías de las instituciones capitalistas, empezando por la empresa privada, para ampliar la participación en sus beneficios. El socialismo millenial debate dos maneras de hacerlo.

Una manera que podríamos llamar “sindicalista” propone ampliar la participación de los trabajadores en las ganancias, tal como lo hace el modelo alemán de co-gestión empresaria que pone a accionistas y empleados en pie de igualdad en las decisiones de la firma. Justamente, el partido izquierdista alemán Die Linke propone profundizar ese modelo, mientras el laborismo inglés se comprometió a obligar a toda empresa de más de 250 empleados a transferir el 10% de sus ganancias a un fondo administrado por trabajadores.

Si bien admite que la co-gestión empresaria no afectó la competitividad alemana, The Economist sostiene que empoderar a los trabajadores puede generar resistencia a los cambios que demanda el mercado y quitarle dinamismo a la economía. Por izquierda, se puede criticar a un modelo sólo válido para quienes ya tienen empleo formal en una empresa, pero que excluye a la creciente masa de desempleados y precarizados.

Otra manera que podríamos llamar “poslaborista” propone crear fondos soberanos de inversión sociales: el Estado así podría acumular patrimonio, bonos y propiedades y luego distribuir esa renta financiera en forma de un ingreso básico universal como el que proponen Bregman y Graeber.

Más allá del riesgo de dejar el financiamiento de la política social en manos del mercado financiero (aunque quizás ya lo esté, a través de la deuda), esta propuesta arrastra la polémica del ingreso básico universal, bien sistematizada aquí por Alyssa Battistoni: puede ser un comunismo de lujo robotizado o un subsidio a la pobreza y la precariedad que reemplace lo que queda del Estado de Bienestar.

La pobreza del millenial

El artículo de The Economist concluye desestimando las posibilidades políticas del socialismo millenial. En Estados Unidos, pese a la crisis, el reclamo por la distribución de la riqueza no creció desde 1990. En el camino al poder, sostiene el semanario, el nuevo socialismo se encontrará con el dilema de radicalizarse y malograr sus posibilidades de ampliar el electorado, o moderarse y perder el apoyo de su base de millenials descontentos.

De ser así, es llamativo que al semanario liberal le preocupe más este socialismo millenial imposible que la ola de derechismo antiliberal que avanza por el mundo. Quizás el problema no sea el socialismo sino los millenials.

Es ridículo esperar un compromiso político homogéneo de un grupo etario que en Sudamérica abarca desde Camila Vallejo hasta Agustín Laje. Pero sí es cierto que comparten el mismo problema: les espera un mundo más pobre, que crecerá más despacio e incluirá a menos personas.

Puede ser que ecologistas y decrecionistas sueñen con ese planeta pero no será la pobreza del bosquimano sentinelés, feliz en su caverna mientras ve llover, sino la pobreza resentida del que ve la riqueza acumularse en otro lado, al mundo material progresar sin él.

El mail de Turismo City leído desde la bicicleta de Glovo. Ese resentimiento es energía que, por ahora, están captando gobiernos autoritarios y chauvinistas, o la nueva derecha nostálgica de una vieja aldea patriarcal que nunca existió.

Los últimos 30 años sudamericanos no son los de Inglaterra y Estados Unidos. Al neoliberalismo de los ‘90 aquí le siguieron los populismos progresistas, que en nuestro país tuvo un poco de la opción 3, mucho de la 2 y nada de la 1. Esa experiencia terminó de manera civilizada (en Argentina y Chile) o desastrosa (en Brasil y Venezuela), pero su proximidad en el tiempo aumenta los resentimientos, sus riesgos y su energía. También nos permite pensar con realismo las opciones del socialismo millenial para así crear una alternativa más inclusiva política, social y culturalmente que el mundo que nos proponen Trump, Xi y Bolsonaro.

Si los millenials son el problema, el socialismo puede ser la solución.

Alejandro Galiano

Alejandro Galiano

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