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¿Y si todo es mentira? La hipótesis de Bostrom y nuestras tareas políticas

Haber “vivido una mentira” no es sólo un argumento del macrismo para justificar el ajuste, sino una de las más viejas dudas existenciales de la humanidad. Desde el “Sueño de la mariposa” de Zhuangzi en el siglo IV a.C. (Zhuang Zhou soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Zhou que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa que estaba soñando que era Zhou) hasta Matrix en 1999, pasando por las mejores páginas de Borges y Philip Dick, nos acecha la duda de estar viviendo una alucinación o una puesta en escena que nos oculte “la realidad”.

Nick Bostrom

El trilema de Bostrom

Nick Bostrom, físico de la Universidad de Oxford, publicó en 2003 un artículo titulado “Are you living in a computer simulation?”. Bostrom es un transhumanista, es decir, una de esas personas que considera que el cuerpo y la mente humanos pueden mejorarse mediante la tecnología hasta dejar atrás su naturaleza humana. En 2014 publicó Superinteligencia: caminos, peligros, estrategias, un best-seller alarmista sobre la Inteligencia Artificial.

En su paper de 2003, Bostrom parte del supuesto evolucionista de que luego de la humanidad surgirá otra especie superior con un inmenso poder tecnológico capaz, entre otras cosas, de producir  simulacros de las vidas de sus ancestros los humanos, así como nosotros tenemos maniquíes de neandertales en los museos. Así las cosas, pueden darse tres posibilidades:

1) Que los humanos nos extingamos antes de que sobrevenga esa especie posthumana, de manera que ellos no tengan información sobre nosotros;

2) Que los posthumanos, por algún motivo, no estén interesados en reconstruir la vida de sus ancestros;

3) Que una parte de los humanos logre sobrevivir hasta la llegada de los posthumanos y que éstos estén interesados en reconstruir la vida de esos ancestros.

En caso de darse 3), la capacidad tecnológica de los posthumanos será tan grande que podrán crear simulacros de vida humana en igual o mayor número que la población humana actual. De esa manera, es muy probable que vos, yo, Bolsonaro, Calu Rivero y todos los demás seamos una simulación computadorizada, los protagonistas diseñados de un videojuego que juega alguien en el siglo XXXI.

 

El debate

Bostrom fue lo suficientemente cuidadoso como para concluir que, con nuestro grado de desconocimiento actual, lo mejor sería repartir las posibilidades entre 1), 2) y 3). Sin embargo su hipótesis (en rigor, un trilema) generó un debate que tiene su propia web: The simulation argument, en donde participan científicos, geeks, blogueros y hasta Elon Musk.

Una parte de la comunidad científica y filosófica se limitó a señalar que Bostrom estaba perdiendo el tiempo con juegos mentales no falsables que sólo alimentaban al viejo escepticismo de Pirrón de Elis. Otras críticas son más sofisticadas, como aquellos que acusan a Bostrom de manejarse con una concepción de “bloque temporal”, según la cual el pasado y el presente existen, pero no así el futuro, a diferencia del “eternalismo” que considera existentes al pasado, el presente y también el futuro.

Uno de los que salió a bancar a Bostrom es el filósofo australiano y cantante de rock David Chalmers, quien apuntó que la hipótesis de la simulación “no es escéptica sino metafísica”. Rápido para el marketing, Chalmers publicó en 2006 un paper titulado “La metafísica de Matrix” para sostener su punto.

Otros han usado la hipótesis de la simulación para estudiar problemas más específicos, como Vincent Conitzer, que lo empleó para sus estudios sobre qualia, indicidad e identidad. O el economista Robin Hanson, que entendió que, de ser simulacros, tenemos la obligación de ser suficientemente entretenidos para el consumidor posthumano, de lo contrario nos desconectarán. Hanson también se preguntó qué estímulos tendremos para el uso racional de nuestros recursos si asumimos que vivimos una simulación.

Quizás ese viaje a China antes de arreglar Ingresos Brutos no sea tan mala idea, después de todo. Tampoco tendría mucho sentido cuidar el medio ambiente.

 

La duda cartesiana

La respuesta más sólida y recurrente a la hipótesis de la simulación de Bolstrom es que la informática no es ni será capaz de crear simulaciones perfectas. Es la postura de Sean Carroll, cosmólogo y físico especializado en relatividad general, y de Paul Davies, investigador en astrobiología y promotor de los viajes a Marte. En líneas generales, esta crítica retoma la duda cartesiana: puedo dudar de todo menos de que sé que dudo, por lo tanto existo. Sólo que Davies y Carroll no tratan de afirmar al sujeto moderno sino de negar la eficacia de una vida simulada que permite a sus simulacros sospechar, debatir y publicar papers sobre esa simulación.

Para Chalmers esa duda sería sencillamente una suerte de “fallo en la Matrix”. En el debate Isaac Asimov Memorial de 2016, el australiano afirmó que “cualquier prueba que obtuviéramos de que somos reales podría ser simulada”, o, peor, nuestro creador podría ser simplemente algún adolescente posthumano a quien su madre justo está llamando a cenar y descuida el juego.

Sin recaer en esa suerte de gnosticismo otaku, Bostrom argumenta que las dudas se deben a los vericuetos de la mente incluso dentro de una simulación. Los posthumanos, continúa, “tendrían también la capacidad de impedir a sus criaturas simuladas que advirtieran anomalías en la simulación. Incluso nuestros pobres cerebros, sin ayuda de tecnología, pueden impedir que nos demos cuenta de que estamos soñando, aunque los sueños estén llenos de anomalías”. En todo caso, cierra Bostrom, nunca lo sabremos con certeza.

matrix gif

 

¿Qué hacer?

Sin embargo, a muchas personas esa conclusión melancólica no las conforma. Desde 2012 un grupo de científicos de la Universidad de Bonn, luego mudado a Seattle, comenzó a investigar posibilidades de simulación sobre el supuesto de que la potencia computacional del futuro será limitada, de manera que el simulacro de nuestro universo deberá contener errores o simplificaciones. Además de la duda cartesiana, otras anomalías podrían ser indicios de que ésta es una realidad falsificada, por ejemplo, la asimetría de los rayos cósmicos.

Hace un par de años el New Yorker deslizó que un par de magnates de Silicon Valley estaban reclutando científicos para sacarnos de la simulación. Incluso en 2018 se inició una campaña de Kickstarter para financiar esas investigaciones, que superó el monto esperado.

Pero ¿qué haremos en caso de comprobar que todo es una simulación? ¿hackearla a sabiendas de que eso implicaría arrasar con nuestra (falsa) existencia? ¿Confiar en que después de que caiga el simulacro tendremos acceso a la “realidad”? ¿Esa realidad será mejor que esta simulación o la aceptaremos de buen grado sólo porque es “verdadera”? ¿O, por el contrario, nos conformaremos con este simulacro porque es la única manera de seguir existiendo?

No hace falta aceptar la hipótesis de Bostrom para plantearse ese dilema ético. Cuando terminamos de ver un documental de denuncia o cerramos el libro de nuestro filósofo crítico favorito, y estamos convencidos de que el mundo funciona mal, de que la sociedad es horrible, de que la humanidad ha vivido en el error, tenemos que tomar la decisión de seguir viviendo en él o buscar destruirlo sin estar seguros de qué hay del otro lado del espejo.

En un planeta cada vez más decidido a gobernarse mediante noticias falsas, tráfico de datos e hipernormalización (y en un año electoral que promete operaciones de prensa y carpetazos por doquier), la hipótesis de Bostrom nos pregunta si creemos que la realidad existe y hasta dónde estamos dispuestos a llegar para combatir al engaño que, en definitiva, es nuestra vida cotidiana.

Alejandro Galiano

Alejandro Galiano

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