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El paraíso perdido de Miki Dora

De Hungría al paraíso

A comienzos de la década del 30 Ramona Stancliff, una joven norteamericana que estaba viajando por Europa junto a su madre, conoció a un joven teniente del ejército húngaro, su nombre era Miklos Dora. El resultado del encuentro los marcaría a ambos para toda la vida: compromiso, casamiento y embarazo. Tal vez el orden de los hechos fuera exactamente al revés, pero en este caso el orden de los factores no alteraba el producto de su amor ya que al cabo de nueve meses nacía Miklos Jr. Por suerte para los tres, justo antes que se desencadenara la segunda guerra, todos partían rumbo a Los Angeles en los Estados Unidos.

Allí Miklos padre probaría suerte con un restaurant húngaro con el que le iría bastante bien y al que comenzaban a frecuentar algunas celebrities de Hollywood. Sin embargo, al poco tiempo Ramona, que todavía era jovencísima, se encontraría pasando mucho tiempo sola en su casa y con un hijo al que criar, mientras su marido estaba fuera casi todo el día atendiendo su negocio. No es raro entonces, que el matrimonio fuera breve y que Ramona y Miklos se terminaran separando.

Después de su primer fracaso matrimonial, Ramona se casaría con Gerard Chapin, uno de los primeros grandes surfistas con fama de pendenciero y borrachín. Miklos Jr, al que con el correr del tiempo todos terminarían llamando Miki, comenzó a vivir en es ese no man’s land que existe entre padres separados, una abuela paterna complaciente y un padrastro complicado.

Sin embargo, este último sería precisamente quien le enseñaría a surfear con estilo, a pesar de que la primera tabla había sido un regalo de su padre biológico. Los que habían visto surfear a Gard Chapin comentaban que el joven Miki le debía mucho más que su estilo a su padrastro.

El joven Miki también heredaría de él una actitud contestataria, al punto que una vez ambos habían salido a romper parquímetros por la ciudad acusando al gobierno de comunista por tratar limitar el estacionamiento libre. No deja de sorprender la manera de entender el liberalismo de algunos estadounidenses. En otra ocasión, Gard cansado de llamar a Miki para que saliera del agua porque se tenían que ir de la playa, no tuvo mejor idea que abandonarlo allí a su suerte,  dejando que se las arreglara por su cuenta para volver desde muy lejos hasta su casa.

Estaba claro que el tipo no seguía las enseñanzas de Piaget en materia educativa. Esta particular adolescencia de Miki parece ser la clave para entender su personaje público ya que nunca lograría integrarse plenamente y no se abriría con ninguna persona.

Al pasar tanto tiempo en la playa y al haber aprendido con uno de los mejores, Miki se convertiría a comienzos del los 50 en uno de los grandes surfistas de Malibu, por esa época verdadero paraíso y meca de esta actividad. Ahora bien, lo que no sabían estos primeros entusiastas era que esta Arcadia surfera estaba por desaparecer en poco tiempo.

A finales de los 50 una breve novela de Frederick Khoner en la que el escritor de origen checoslovaco narraba las aventuras de su hija adolescente junto los primeros surfistas de Malibu durante los veranos de 1956 y 1957, era llevada al cine y se convertía en un boom a partir de la película Gidget. El surf, de ser una actividad practicada por un puñado de entusiastas, se había convertido en algo masivo. Todo el mundo se compraba una tabla y se metía al agua o al menos llegaba a la playa con una bajo el brazo para aparentar.

Algunas décadas después de que estallara el conflicto y la corrupción en torno al servicio de agua en Los Angeles  -hecho muy bien descripto en la película Chinatown– los jóvenes que bajaban a la playa desde el valle se convertirían en unos principiantes insoportables que le arruinaban todas las olas a los pibes de la ciudad que venían surfeando allí desde hacía mucho tiempo. El paraíso había sido arruinado por los principiantes o kooks que bajan a la playa desde el interior. En algunas imágenes de esta época se lo puede observar a Miki empujando a gente que se le metía en su ola sin respetar la prioridad. El localismo tenía acta de nacimiento.

Paradójicamente Miki por esta época trabajaría en papeles secundarios en muchas de estas películas de Hollywood que habían terminado de arruinar su paraíso. Difícil pensar una mejor metáfora de las contradicciones del capitalismo. El tipo vivía de lo que lo destruía su paraíso, una mano lavaba a la otra. De todos modos, no creo que por esa época Miki se preocupara mucho por la dialéctica y mucho menos por algunas aparentes contradicciones en su vida.  La actuación era simplemente una manera fácil de ganar un poco de plata para seguir surfeando sin tener que trabajar. Sin embargo, el paraíso se había perdido.

miki dora

Los 60 y el apocalipsis

A pesar de estos cambios, en los 60 Miki seguía siendo el verdadero rey de la playa. Si bien nunca se había mimetizado con los beach bums que vivían en Malibu, el tipo seguía yendo a surfear siempre que había olas. Aparecía con autos caros y vestido excéntricamente con un trench hasta las rodillas y ojotas. Por las noches se lo veía en las mejores fiestas de Los Angeles enfundado en trajes costosos. En la playa la gente había comenzado a imitar su particular manera de hablar y gesticular.

Si hubieran existido las redes sociales, habría sido sin lugar a dudas un influencer. Por esta época nacería el apodo Da Cat con el que todo el mundo lo conocería y que por cierto, como la mayoría de los apodos, parecía captar al esencia la esencia de su personalidad. Si sus movimientos en el agua tenían algo de felino, su actitud reticente y esquiva fuera de ella también lo asimilaban al universo de los gatos. Lo cierto es que nadie sabía muy bien de qué vivía Miki.

Si bien públicamente siempre hablaba de sus inversiones en la bolsa y a sus mejores amigos les había transmitido su obsesión por el oro y los diamantes, la realidad es que nadie sabía como financiaba un estilo de vida que le permitía vivir para el surf y eventualmente en invierno para ir a esquiar. Sin embargo, sus amigos más cercanos siempre sospechaban que cuando faltaba algo en las lujosas mansiones de Malibu en las que celebraban las mejores fiestas, Miki siempre daba el presente.

Cuando los dueños de casa se daban cuenta de que faltaba algo, él se hacía el distraído y si lo acusaban, se indignaba. Dicen las malas lenguas que otra argucia de Miki para hacerse de dinero era comprar autos viejos y estacionarlos en lugares como Hollywood y Vine para que los desprevenidos conductores los chocaran y poder demandar de este modo al seguro.

Sus problemas legales arrancarían formalmente cuando la tarjeta de crédito Diners lo acusó de fraude y al revolear algún cheque sin fondos para pagar por equipos de esquí en Mammoth. Antes de la era del Posnet, este era un fraude que tenía algo de artesanía ya que cambiando los nombres o las fechas de vencimiento de una tarjeta se podía fomentar la ilusión de vivir sin dinero.

A finales de los 60 Miki comenzó a ponerse apocalíptico y se volvió propenso a teorías conspirativas de todo tipo denunciando la corrupción y destrucción inminente del sistema, palabra equívoca si las hay.  Por esta época comenzaría a criticar duramente la comercialización del mundo del surf -de la cual había sido voluntaria o involuntariamente partícipe- y no podía entender que en una actividad como el surf existieran competencias. De hecho, en una de ellas –en la que sin mediar las contradicciones había participado- no había tenido mejor idea que bajarse los pantalones frente al jurado en una de sus olas finales.

En movimiento y escapando

En estos años comenzó a viajar fuera de los Estados Unidos y a pasar algunos veranos en Biarritz viviendo en una camioneta frente a la playa. Además, en Estados Unidos la justicia lo había citado por fraude y al no presentarse a una de las audiencias finales se había transformado en prófugo. Para salir del país también le había robado el pasaporte a uno de sus amigos y le había pegado su foto.

Hacia finales de los 60 y principios de los 70 visitaría lugares como Acapulco, Río de Janeiro, Paraguay y llegaría hasta la Argentina en donde ya había estado visitando a su padre en Buenos Aires en la década del 50. En 1970 iría a Mar del Plata con el objeto de la analizar la posibilidad de hacer algún negocio con su tío, el dueño del Hotel Dora. La rápida y problemática salida de Rio de Janeiro tal vez nos den una idea de cómo se financiaban estos viajes ya que Miki y algunos de sus amigos habían comprado joyas y pagado con cheques sin fondos.

Los 70 lo encontrarían pasando los veranos en Biarritz, esquiando en invierno en los Alpes y paseando por todos lados del mundo literalmente.  Las fuentes de financiamiento seguían siendo poco claras. Las personas que lo conocieron por esta época cuentan que Miki tenía una verdadera colección de pasaportes y en algunos de sus viajes había tratado de pasar hachís desde Marruecos.

En otro intento por rencontrarse con su paraíso perdido Miki probó suerte en Nueva Zelanda a donde se fue a vivir con su antigua novia Linda Cuy luego de haberla convencido de abandonar a su novio de entonces. Allí encontrarían a unos pastores mormones de cuya billetera vivirían haciéndoles creer en sinceridad de su conversión y su próximo bautismo. El paraíso pronto se reveló más frío de lo esperado y a pesar de que no había mucho crowd en el agua, la vida distaba de ser ideal.

La experiencia allí tampoco terminaría de la mejor manera ya que el ex novio de Linda se presentaría frente a las autoridades y denunciaría a Micki como prófugo de la justicia estadounidense obligando a este último a dejar el país a las apuradas primero rumbo a Australia y finalmente de vuelta al País Vasco a donde siempre terminaba recalando.

En Saint Jean de Luz, Miki había adquirido el hábito de hablar siempre desde la misma cabina de teléfonos con tan mala fortuna que a la misma la vigilaban las autoridades ya que estaban espiando a un posible grupo etarra vasco. Como es de suponer el tipo de vida de Miki por estos años distaba mucho de despejar las dudas de la policía y por ese motivo terminaría siendo arrestado y pasaría varios meses en una prisión llamada proférticamente Villa Chagrin en Bayona aparentemente por fraguar documentos franceses.

Miklos padre movería algunos de sus contactos y su hijo terminaría recuperando su libertad. Afortunadamente Francia no tenía acuerdo de extradición pero es probable que Miki terminara negociando su retorno a los Estados Unidos para arreglar sus problemas con la justicia. Tras varios intentos en los cuales Miki había desistido de tomar el vuelo que lo conduciría a Los Angeles, finalmente abordaría un avión que lo llevaría de vuelta a los Estados Unidos. El 1 de septiembre de 1981, aterrizaba y era inmediatamente apresado.

Entretanto, la policía había logrado vincular varios fraudes menores en los había participado utilizando distintos alias. Por este motivo tuvo que presentarse en distintos distritos y jurisdicciones y el 2 de enero de 1982 entraba con 47 años al sistema penal estadounidense. Parte de su sentencia  la cumpliría en la prisión de Mono County en donde compartiría sus días con el mismísimo Charles Manson quien al verlo llegar aparentemente lo había reconocido como un asiduo participante en las fiestas de Dennis Wilson integrante de los Beach Boys.

Luego de ser liberado debería cumplir tres años de probation. La salida de la cárcel y algunas entrevistas elegidas cuidadosamente terminarían convirtiendo a Miki en una suerte de símbolo de la resistencia del verdadero espíritu libre del  surf contra su creciente comercialización. No era rearo ver en las paredes de las playas californianas el grafiti “Dora Lives” que hacía alusión la resignificación de su figura en estos años.

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Contracultural y contradictorio

A mediados de los 80, luego de haber cumplido su sentencia, Miki intentaría recuperar su paraíso perdido nuevamente en el País Vasco al que retornaría por un breve tiempo y donde intentaría hacerse de la camioneta que allí había dejado y con la que partiría a reencontrarse con su antigua novia en Irlanda.

Su paso por este país le permitiría conocer al ser por el cual demostraría más afección y cariño en toda su vida: un perro King Charles Spaniel al que llamaría Scooter Boy. Con él que viajaría por el mundo y sería su principal acompañante en la búsqueda de un nuevo paraíso, esta vez en Jeffreys Bay en Sudáfrica a donde partiría en 1986 en busca de esa derecha interminable y potente con mucho menos crowd que hoy en día.

Su nuevo paraíso duraría varios años hasta que desafortunadamente lo perdería todo en un incendio en su casa, incluso su fiel Scooter Boy perdería la vida como producto del mismo. Otra vez el destino sería el País Vasco con un paso fugaz por Chile en donde había creído nuevamente haber encontrado un paraíso surfero que pronto se revelaría como un espejismo ya que el agua fría y el hecho que las mejores olas fueran todas izquierdas conspiraban contra sus preferencias ya que odiaba surfear de backside.

Si bien en los 90 Miki se había afianzado como un ícono de la contracultura surfera, rápidamente las grandes marcas de la industria del surf y en especial Quicksilver de su amigo Harry Hodge comenzaron a financiarlo y a llevarlo de viaje por todo el mundo. En este contexto Miki se había vuelto bastante celoso de su imagen demandando legalmente a todos aquellos que quisieran valerse de ella para sus propios fines comerciales sin su consentimiento.

Tampoco era raro por esta época verlo criticando y demandado a distintas publicaciones del mundo surf cuando éstas reproducían inexactitudes sobre su propia vida. De nuevo Miki, símbolo de la contracultura en el surf, vivía de de aquello que criticaba y que encarnaba todos sus males: el dinero, la industria y la comercialización. Una mano lavaba a la otra nuevamente.

Todo parecía encaminarse bien en los 90. De hecho, una productora con sede en Auckland, Matte Box Films, había concebido la idea de hacer una película basada en su la vida y aparentemente hasta habían escrito un guion. Al poco tiempo y con muchas similitudes veía la luz Point Break, película que todo surfero que se precie de tal condición, debe detestar por definición. Las malas lenguas cuentan que Miki había revendido el guion inspirado en su vida sin avisarle a los productores de Matte Box. Conociendo al Da Cat una historia así era altamente verosímil. Al poco tiempo la productora de Auckland demandaría a los productores de Point Break por plagio.

Justo cuando parecía que le había encontrado la vuelta a la cuestión financiera y llegaba la hora de la tranquilidad, en Junio de 2001 le diagnosticaron cáncer de páncreas. Su padre Miklos lo cuidaría hasta su muerte en 2002 en San Bernardino, California, a donde lo trasladaron para pasar sus últimos días. Visiblemente afectado por la enfermedad se entrevistaría antes de su muerte con David Rensin a quien había elegido para que escribiera su biografía.

El resultado sería un coral y polifónico libro de 505 páginas con el título All for A Few Perfect Waves publicado en 2008 que realmente daba cuenta de la complejidad de su personalidad y estaba plagado de historias sobre su vida. En esta última entrevista al autor le había llamado la atención que Miki tomaba sol diariamente. Cuando se lo hizo saber su respuesta cargada de ironía sacaba a relucir al mejor Miki: “Si voy a morir, que sea bronceado.”

El paraíso de Dora había sido ese Malibu de los años 50 pero lamentablemente se lo habían quitado. El resto de sus días sobre esta tierra parecen haber estar dedicados a buscar ese paraíso perdido con todos los medios posibles ¿Quien se atrevería a juzgarlo? El que esté libre de contradicciones que tire la primer piedra.

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Sebastián Provvidente

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